Las voz difusa y apagada: una crónica del conflicto armado colombiano

¿Cómo reconstruir la historia más íntima o los pensamientos más profundos de una persona? Si es una odisea hacerla de la persona más cercana, esa con la que convivimos a diario, o de una persona extraña, ya sea porque las personas somos bóvedas acorazadas que tenemos un mundo interior inaccesible, o ya sea porque en un constante devenir el individuo es cada vez más eso, individuo, hermético: ¿cómo podemos contar la intimidad del otro? ¿Sobre todo su más íntima tragedia y última experiencia, como es la muerte? Ahora bien, más aún, es difícil reconstruir aquella historia, aunque sea una voz, un enunciado, una exclamación de manera exacta, de una persona que ya no puede siquiera ser suscitación de la energía más pura como un simple movimiento corporal. Aquel que está muerto, que la vida le ha abandonado (o se la han arrebatado) ya no tiene una voz en el ahora.

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Ahora pensemos una cosa: si es difícil dilucidar la historia y voz del otro, con todo lo que hemos mencionado, imaginemos aún más lo complicado que es hacerlo de una persona la cual la marginación social le ha negado su alteridad. Llegando, en Colombia, a tal punto de negación que significa muchas veces su muerte: la negación a la vida misma. Negándola, también, con el prejuicio de las drogas, la condena de la vida rapaz de la calle y la mudez expresiva que condena la falta de educación íntegra para todos. Conocemos las historias más bellas, tristes, trágicas o cómicas, gracias a que alguien, con una ilustrada voz y escritura, fue capaz de narrarnos aquellos acontecimientos que el tiempo esconde y desdibuja con su tormentoso movimiento absoluto. Gracias a Sófocles, por ejemplo, conocemos la tragedia de Antígona de hace ya milenios y que es hoy objeto de estudio, análisis y hasta disfrute intelectual. No sabemos si fue real o no, o por lo menos nos guardamos esa inocencia literaria de decir que puede ser todo ficción o una buena alegoría. Aún con todo, es una tragedia. Las tragedias, reales o fantasiosas, tienen voces que pudieron reproducir aquella experiencia de sufrimiento, y aunque haya retoques literarios, como agregar diálogos o escenas, es pues una historia que mantiene su esencia. Antígona, Edipo Rey, Áyax y Electra tienen quien cuente su historia.

Por su parte, Colombia es un país lleno de tragedias que merecen ser contadas, no por goce literario ni intelectual, sino porque es un país donde la verdad es difusa. Hacer periodismo, narrativas y crónicas sobre las tragedias del conflicto armado son acciones políticas: es dar la voz a aquellos que no la tuvieron (aunque contenga un poco de ficción), a los “nadie” que les ha sido arrebatada la verdad y se les ha entregado miseria y muerte. También, a pesar de los rasgos ficcionarios, es tratar de mantener la esencia de aquella voz, tal vez como la imaginamos, porque de aquella bóveda acorzada, ese mundo interior, sólo quedan algunas huellas y ecos. Mis intenciones son dos: la primera, demostrar que Colombia es un país profundamente aporofóbico: sus víctimas y muertos en el conflicto armado son los más pobres; la segunda, es darles forma y contar algunos ecos de casos de víctimas de los falsos positivos por parte del Ejercito Nacional de Colombia, en este caso, con la historia de Jaime Castillo Peña.

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Álamos, al occidente de Bogotá, es un barrio de estándar “media” de clase. Allí, evidentemente, como cualquier barrio del sur, oriente y occidente de la ciudad, habitan los ciudadanos comunes de Colombia, como en casi todo el territorio nacional. Como norma mundial, los ciudadanos de a pie son más que aquellos que deleitan caviar a diario y que el dinero es como un apéndice más de su cuerpo. No todos tenemos la vida asegurada, por ello, debemos ganarnos el pan de alguna forma. La tierra de Colón es la tierra del rebusque: la informalidad es tan alta que es muy común ver calles de Bogotá inundadas de toda clase de voces ofreciendo cualquier servicio y mercancía. Esta ciudad es, por excelencia, de mercaderes: en casi todas las calles las voces ambulantes buscan un sustento para su familia. Uno de los oficios más comunes en los semáforos de Bogotá es la venta de dulces y la limpieza de los parabrisas de carros. Jaime Castillo Peña expendía dulces, jabón y limpiaparabrisas a los conductores de las calles de Floresta. Bajo el sol ardiente, la proliferación del sudor en la frente y la brasa en su piel del viento y el calor, día a día Jaime se sustentaba de alguna forma. También, trabajaba en el taller de carpintería de un familiar en su mismo barrio. Castillo Peña, de 42 años, era un señor que desde muy temprana edad ya presentaba adicción a las drogas y mendigaba en la calle. Paradójicamente, la calle, que es un lugar abierto, era su cárcel, pues era el lugar de donde no podía salir. Hijo de padres campesinos que vinieron a la ciudad en busca de mejores oportunidades, pero con la mala fortuna de que estos fallecieron demasiado pronto. Siete hermanos que tuvieron que sobrevivir, como norma colombiana, del rebusque y de cualquier forma posible.  Todo este perfil configura a una persona que suele ser marginada en nuestro país y que recibe las más altas condenas: la exclusión y la muerte.

Los carros para Jaime eran un paisaje ya común: cientos de ellos eran una oportunidad para poder ganarse una moneda. Nunca pensó que un carro rojo sería lo extraordinario de ese paisaje ya acostumbrado. Dos sujetos en él lo llamaron. Como una ninfa que con sus encantos atrae a un animal a una trampa mortal, le ofrecieron su mayor oportunidad: multiplicar por centenares las pocas monedas que ganaba. Pienso que Jaime se emocionó, y pensó, tal vez, que la vida le sonreía de manera inesperada: por fin un trabajo digno. Un hombre, más tarde identificado como Alexander Carretero, le ofreció la oportunidad: ¿No se quiere ganar cincuenta milloncitos? Claro, quien no, imagino dijo Jaime. Mire, imagino le dijo Carretero, es fácil, sólo tiene que ir a cuidar una finca, recoger café, y ya, nada del otro mundo. Jaime pensaría: “¿Será verdad?”, con cierta extrañeza y los gestos de un típico escéptico. Hombre, una oportunidad que no se presenta casi nunca, qué va a hacer usted aquí en la calle, ganando monedas, cuando allá puede tener platica fija, y mire de qué cifra estamos hablando, imagino le dijo Carretero con una sed retórica de convencerle, de seducirle. ¿Cómo más funciona el poder sobre los pobres, si no es con dinero? Hágale, le doy unos días y lo piensa, imagino recalco Alexander, reclutador de los falsos positivos del Ejercito Nacional de Colombia. Oiga, le dice Jaime más tarde a su hermano: alguien me ofreció cincuenta millones de pesos por una vuelta en una finca, comenta que dijo Jaime a Mauricio, uno de sus hermanos, pero él lo ignoró. Por supuesto, es una de las normas de la exclusión: además de ser condenado a la pobreza y tener problema de drogas, es ser ignorado, nunca ser tomado en serio. ¿Cincuenta millones de pesos por ir a una finca a un man que vende dulces y limpia vidrios en los semáforos? ¡Quién sabe qué se metió ya pa’ decir esas bobadas! Precisamente, ese tipo de actitud hacía Jaime fue su condena, pues al no haber sido escuchado, nunca pudo ser alertado por otra voz de lo sospechosa y peligrosa de tan tentadora oferta. Es, en últimas, la sentencia a su tragedia.

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Una llamada llegó a la casa de una de las hermanas de Jaime, Jacqueline Castillo, el 8 de octubre del 2008. Mami, que llamó un policía a decir que mi tío Jaime está en el CAI, dijo un hijo de Jacqueline dándole la razón del mensaje. Jacqueline se apresura al verificador de llamadas y devuelve la llamada a ese número que trajo la preocupante noticia. Un niño al otro lado contestó: ¿Aló? Una voz que no parecía ser la que le dijo al hijo de Jacqueline semejante noticia tan seria. Sí, es que recibí una llamada de este número, que Jaime está en el CAI. Un breve silencio, y una llamada del niño en aquel lugar donde se encontraba: ¡Papá, te llaman! Una voz mayor cambia y se vuelve interlocutor: Aló, sí, Jaime Castillo está en el CAI de Álamos, está ahí porque le robó el celular a una niña, pase por él, y que desaparezca, porque tiene amenaza de muerte. Antes de que Jacqueline replicara, el sonido intermitente que comunicaba que la llamada había sido terminada la dejo estupefacta. Corrió y llego al lugar: lo que parecía certeza ahora era incertidumbre, pues en el CAI negaban la presencia de su hermano. No había registro que Jaime Castillo estuviera ahí.  Al otro día el 9 de agosto, Jaime llegó a la casa de Mauricio, y sin decir más, se bañó, se puso una camisa negra, pantalón azul y tenis blancos y se fue. Se le veía normal y como si nada, cuenta su hermano.

La concepción del que se le tiene por andariego y una vida de drogas es que es un deambulador que presumiblemente se pierda una noche o unas horas largas, pues la calle es como esa sirena que atrae al marinero y lo hunde en un mar profundo, donde las horas pasan lento, mientras que en la vida de aquellos que no están en ese mundo pueden ser días y horas transcurridas. Pasaron dos días y Jaime nunca llegó a su casa, tampoco estaba en las calles donde solía estar o en el taller de carpintería. Sus hermanos se preocuparon. Dos meses pasaron y tampoco sabían de él. Fueron a Medicina Legal el mes de octubre. Miren, estos son los “nn” de Cundinamarca, presumo le dijeron a Jacqueline. Ninguno concordaba con la descripción y apariencia de su hermano. Qué hacemos, no aparece aquí, pensarían los hermanos al ver que Jaime se había esfumado y ni si quiera aparecía en registros fotográficos de muertos del departamento de Cundinamarca.

Luego, una voz dijo: ¿Y si miran el registro de Ocaña? De pronto aparezca. ¿Por qué? Se habrá preguntado Jacqueline, si mi hermano ni ha salido de Bogotá nunca en su vida. Mire, no pierde nada, este es un registro de 14 guerrilleros dados de baja. Mi hermano no es ningún guerrillero, él vende dulces en las calles de Bogotá, dijo Jacqueline. Pero su afán por encontrar a su hermano y la angustia de no saber de él la hicieron ojear, suplicando por dentro que ojalá no estuviera muerto y que hubiera otra forma de encontrarlo. En las fotos, jóvenes baleados: piernas, torsos, brazos y caras totalmente destruidas, parecían como combatientes de una guerra dados de baja. Siguió repasando los horrores de la violencia y la muerte, y encontró una que le llamo la atención: un hombre, de entre 40 y 45 años, boca abajo, con cuatro tiros de fusil disparados por detrás (uno en cada pierna y dos en la espalda). Además, una cara demacrada, golpeada. Al lado, un arma. La siguió viendo cada vez más hasta que encontró algo familiar: un rostro que a pesar de las marcas de violencia asomaba una identidad inconfundible. Es mi hermano, dijo Jacqueline.

Según registros de Medicina Legal, Jaime Castillo Peña se dio por desparecido el 12 de agosto del 2008. Ese día murió a causa de varios impactos de bala y fue encontrado el 14 de agosto en una fosa común, cerca de una vereda de Ocaña, Norte de Santander, a tres horas, en una finca. Vestido como combatiente de las FARC y con un arma a su lado que, después, se descubriría que nunca había sido disparada: estos eran los últimos testimonios de Jaime. Su muerte se presentó cuatro días después de su detención en el CAI. Según testigos, se le vio por última vez con un joven llamado Matías, de jean, tenis negros y camisa de cuadros, que también fue encontrado junto a Jaime, muerto en una fosa común. También, se le vio con dos hombres en un carro rojo, mismos que le habían ofrecido la oportunidad laboral de su vida.

Como Jaime Castillo, fueron reclutados varios jóvenes y personas vulnerables: gente pobre y marginal. Llevados con engaños, cuenta Alexander Carretero, de 45 años, ante la JEP que su primera víctima fue Fair Porras, un joven a quien convenció que recogiendo café su vida cambiaría. Así se narran como eran los hechos, recogido por Vanguardia en testimonios del imputado ante la JEP.

“Según registró La W en una investigación periodística el año pasado, Carretero aceptó en versión libre haber reclutado al menos 27 víctimas. El hoy compareciente le dijo a la JEP que su primer pago por reclutado fue de $200.000. Posterior a eso, la cifra subió a 1 millón de pesos y que, incluso, alcanzó a obtener 2 millones de pesos por joven reclutado para posteriormente ser asesinado. (…) la magistrada de la JEP, Catalina Díaz, le preguntó a Carretero que cómo se había involucrado en esta práctica ilegal, a lo que el secuestrador respondió, según el expediente, que no se acordaba. Sus inicios en este entramado se dieron en enero de 2008, cuando reclutó a los dos primeros jóvenes. ¿Con qué engaño los llevó hasta Norte de Santander? Con la intención de hacer una ‘vuelta’. “Íbamos para una finca a traer droga o a buscar plata”. Carretero, quien luego de aceptar su responsabilidad quiso hacer un ejercicio de reparación, reconoció a sus dos primeras víctimas ejecutadas luego de que los militares les mostraran las fotografías. Asegura que ahí fue cuando se enteró de lo que estaban haciendo con los muchachos (…) “Mire cómo quedó el muchacho”, le dijo uno de los militares a Carretero. Se trataba de Fair Leonardo Porras, una de las primeras víctimas. Cuenta el reclutador que luego de eso, las amenazas hacia él no se hicieron esperar. “Si no quiere que le pase lo mismo, quédese callado”, le dijeron los uniformados involucrados en el esquema ilegal”. (Vanguardia, 2021)

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De ser vendedor de empanadas en Soacha a ganar 2 millones de pesos por cabeza reclutando para el matadero del Ejercito Nacional de Colombia cambió su vida. Dice que cuando se dio cuenta lo que hacía ya era muy tarde: lo amenazaron con hacerle lo mismo. Así, el sargento Sandro Mauricio Pérez le exigía: vaya a este lugar y busque gente con este perfil: pobres. Después de todo ¿a quién le importaría sus muertes? En este caso, por ejemplo, Jaime Castillo Peña cumplía con el perfil: una persona marginada de la que posiblemente su muerte pasaría desapercibida. A él le gustaba pintar a Jesucristo, dicen sus hermanos. Pienso que a quien más rezaba era a Jesús en ese momento para que le salvase la vida, sobre todo cuando se dio cuenta que los 50 millones era un engaño infame, burlesco y criminal. Y así como el hijo de Dios que suplicaba en la cruz a su padre por su vida, fue ignorado. Así como Jesús, un ejército, unos soldados, sargentos y coroneles, lo mataron. El ejército de su país, por meritocracia y recompensas monetarias, decidió ejecutar a 6.402 civiles de manera extrajudicial y hacerlos pasar por bajas de combate, ex guerrilleros, que en la lógica de la guerra se justifica y es mérito cualquier muerte. En esa finca de Ocaña, Jaime, de quien no sabemos sus últimos pensamientos y voz, de quien sólo tenemos la huella de su cadáver violentado, pienso que pensó entre la angustia y el miedo, las lágrimas y el dolor, a ese Jesucristo que él pintaba: fue su última huella y esperanza, aquello a lo que se aferró. Después, aquello de lo que no sabemos es historia: la voz de Jaime es difusa, no sabemos siquiera a fondo la historia, tampoco sus pensamientos o sus esperanzas más profundas. Su voz fue apagada por los fusiles, así como todos los muertos del conflicto armado. Intentar narrar su voz e historia en un relato es como intentar armar un cubo Rubik al que le hacen falta muchas piezas y colores: hace falta la vida, la dignidad, la verdad y la justicia.

Al día de hoy, existe una corte penal de guerra en el marco de resolución y paz del Conflicto armado colombiano, denominada JEP. En esta, la tesis inicial de este texto se hizo evidente: las declaraciones de generales, capitanes, tenientes y todos los implicados y penalizados por el caso 03 correspondiente a los Falsos Positivos, describieron el modus operandi para elegir las víctimas. Todos, sin excepción, eran personas en condición de pobreza, violencia, calle y exclusión. Así lo dice el magistrado de paz, Alejandro Valencia:

“Las víctimas de estos hechos provinieron de los sectores poblacionales más vulnerables y fueron seleccionadas por habitar ciertos territorios considerados como auxiliadores de la guerrilla, por considerarlas prescindibles para la sociedad o por asumir su condición de integrantes de grupos armados, principalmente, de guerrillas sin corroborar su condición y sin encontrarse en enfrentamientos armados”. (Valencia, 2022)

A lo largo y ancho del país elegían a todas sus víctimas con este perfil. Primero, como se infirió antes, con la razón de que nadie los extrañaría y pasaría desapercibida su desaparición, pues eran pobres. Segundo, y razón que deviene de la primera, que al ser pobres y excluidos y sin que nadie se preocupara por ellos o los extrañara, sino todo lo contrario, generaran repudio e incomodidad, creían que estaban haciendo un servicio social, las horripilantes “limpiezas sociales”. Ser pobre es generar asco en una sociedad indolente que tiene la creencia que todos sus problemas de inseguridad y violencia es por la gente menos favorecida. Es la mirada aporofóbica y fascista de la eliminación del otro por considerarlo un problema, una incomodidad, un repudio, un problema estético (pues la pobreza la consideran horrible) y alguien menos merecedor de vivir. Los implicados y perpetuadores de estos crímenes tenían esta creencia tan popular en Colombia: el pobre es un mal que debe ser erradicado. Las peores cosas se han hecho en nombre del bien, como decía Bauman en Modernidad y Holocausto al analizar el holocausto nazi, a los dirigentes y soldados alemanes: creían que las muertes eran por un buen supremo. En el caso colombiano, que mejor hacerlo creyendo hacer un bien a la sociedad y de paso ganando reconocimientos y méritos en una política de guerra que promovía el número de muertes como insignias y trofeos. Precisamente, la JEP reconoce que estas políticas de méritos por muertes agudizaron e incentivo aún más estos macabros hechos:

“La JEP concluyó en estos dos subcasos, de los seis que conforman el caso 03, que los crímenes no hubieran ocurrido sin la política institucional del Ejército de conteo de cuerpos, sin la política de incentivos y la constante presión que ejercieron los comandantes sobre sus subordinados para obtener muertos ‘en combate” (JEP, 2021)

Photo by EKATERINA BOLOVTSOVA on Pexels.com

Creencias tan arraigadas, no sólo por los ciudadanos del común sino por su mismo estado y sus fuerzas militares es una de las razones de esta violencia. Un estado cómplice y responsable directa e indirectamente de estos abominables hechos. Directamente por lo evidente de los actos cometidos por sus fuerzas públicas, la promoción de la muerte, alianzas con paramilitares y la corrupción. Así lo declaro el magistrado de paz

“(…) se puede evidenciar una alta malversación de fondos del Estado, los cuales se destinaron para financiar esta práctica criminal. Un uso inadecuado de dinero proveniente de los gastos reservados; el cual terminó en manos de civiles y militares que participaron directa e indirectamente en estos hechos (…) También se suministraron bienes: como armamento, municiones o equipamientos a grupos paramilitares, usados como moneda de cambio para fortalecer el vínculo de estas estructuras armadas ilegales y planificar bajas, bajo la simulación de combate” (Valencia, 2022)

Indirectamente por su ineficiencia y poca importancia de sus dirigentes para poder cambiar el panorama social y la pobreza tan arraigada en el país. Es patente esta aseveración por las políticas de estado hacía las zonas rurales: inexistentes. La única respuesta a la pobreza es la violencia y la militarización. El informe de la JEP muestra un patrón claro: las zonas de desplazamiento forzado, violaciones de los derechos humanos y masacres ha ocurrido en las zonas periféricas del país: Antioquía, El Pacífico, Cauca, Casanare, Putumayo, Norte de Santander, Meta, Arauca y El Atlántico. También, en las periferias de la ciudad, como en este caso fue Bogotá y Soacha: zonas marginadas, donde la pobreza se concentra y es arrumada, donde el estado brilla por su ausencia, sin políticas de resolución de problemas sociales, sólo abandono.

Photo by Brett Sayles on Pexels.com

Referencias:

JEP (2021). Jurisdficción especial para la paz, caso 003. https://www.jep.gov.co/Especiales/casos/03.html[WU1] 

RCN radio (2022). Víctimas de falsos positivos fueron escogidas por vivir en zonas vulnerables: Comisión de la Verdad. https://www.rcnradio.com/judicial/victimas-de-falsos-positivos-fueron-escogidos-por-vivir-en-zonas-vulnerables-comision-de

Vanguardia (2021). Alexander Carretero, el reclutador de ‘falsos positivos’ en Bucaramanga. https://www.vanguardia.com/area-metropolitana/bucaramanga/alexander-carretero-el-reclutador-de-falsos-positivos-en-bucaramanga

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