El aprendizaje del dolor: un problema en la educación de la empatía

El presente texto tiene como fin dilucidar algunas cuestiones sobre el texto: El aprendizaje del dolor, de Fernando Bárcena. El principal objetivo es exponer el texto, y después, según la lectura, hacer alguna consideración al respecto. Ahora bien, hay que dejar claro que, de principio, estoy de acuerdo con la tesis de Bárcena, que es: “la modernidad nos ha robado en buena medida nuestra propia experiencia del cuerpo y, por extensión, del dolor y del sufrimiento” (pp4). Pero estoy en desacuerdo con la propuesta de Bárcena sobre la expresión del dolor que es: hablar del dolor supone atreverse a pronunciar la palabra poética (pp9). Es decir, que la poesía es el medio per se para entender el dolor.  A través del texto, argumentaré mis acuerdos y desacuerdos. No queriendo decir que pueda proponer por ello una pedagogía para aprender el dolor, puesto que es un tema absolutamente relativo según las personas (el qualia[1]). Pero me parece que llego al mismo punto que Bárcena: el sufrir o acompañar el dolor del otro es la única posibilidad para aprender sobre el dolor.

Bárcena expone magistralmente y desarrolla la tesis de un tiempo en decadencia donde pareciera que la expresión subjetiva pierde toda sustancia en el mundo. Es decir, que todos los imperativos de la modernidad, ya sean: el progreso, lo objetivo y lo racional; parecieran ir en detrimento con una esfera la cual todos los seres humanos (también vivos, pero el texto, hay que entender, se basa en entender este aspecto de la vida humana) compartimos y es: el dolor. Primero, hay que entender que la modernidad, estos imperativos de: lo objetivo en el mundo y la supresión de lo subjetivo, añadido a la idea de progreso como una red de pretensiones donde el fin es el conocer y hacer del mundo según una racionalidad que asegura la supresión de los males, es la idea a discutir. Gracias a los pensamientos antiguos de “la afirmación del pensamiento clásico de un sujeto sin cuerpo” (pp3), que deviene de Platón y a su vez se transforma en una necesidad de huir de lo corpóreo para poder trascender (cristianismo), y se transforma después al pensamiento moderno del cuerpo como una maquina (Descartes) presupone para nuestro tiempo que el cuerpo es un espacio diferente a nosotros, una materia la cual hay que tratar de curar, dejando de lado la esfera mental o subjetiva, que son las experiencias de los sujetos las cuales les causa dolor. De esto y sobre el dolor dice Bárcena:

“Aislado del hombre, el cuerpo no es más que un objeto cuyas marcas hay que borrar y eliminar, como disimulando que el paso del tiempo deje sus huellas en él. De ahí deriva el secuestro moderno de la experiencia del dolor. De hecho, gran parte de la medicina moderna se ocupa del cuerpo-objeto enfermo, pero no del hombre-sujeto que experimenta existencialmente un sufrimiento. Este último es un resto, a menudo un estorbo para la eficacia de la acción médica, algo de lo que quizá deben ocuparse otros especialistas, como los psiquiatras.” (Bárcena, pp 5)

La denuncia es pues, una objetivación del cuerpo, la visión de este no como un sujeto en sí, sino un mero mecanismo, una armadura o una especie de estructura que no somos del todo nosotros. “(…) el momento inaugural de esta ruptura del hombre y su cuerpo quizá surge con la tentativa de las primeras disecciones de los anatomistas del siglo XVI, que abren realmente unos cuerpos que aíslan del hombre para transformarlos en objeto o máquina” (pp5). La deshumanización, ese ya no ver al cuerpo como un sujeto, sino como un objeto cognoscible (así como Bernardino Telesio y los modernos veían a la naturaleza) trae como consecuencia una visión bastante problemática y es ver al cuerpo y el dolor como un acontecimiento evitable, cosa que es errónea. La equivocación radica en que, si bien el dolor es algo lo cual pueda aliviarse momentáneamente, este es parte de nosotros: es una cosa que llevamos dentro y es nuestro destino, que es la muerte. “El dolor evoca de una forma vaga la presencia en el ser humano de una muerte que éste aprehende, recordándole la finitud de su condición humana” (pp 16). Nosotros envejecemos, nuestras células se deterioran y se corrompen: la muerte habita en nosotros, y el dolor es un recordatorio de ello. El problema radica en que pareciera que hemos perdido una tolerancia al dolor gracias a esta visión del cuerpo, pues no le soportamos y creemos que la vida es siempre un placer continuo. Esto es un engaño y desemboca precisamente en múltiples consecuencias, tales como: al olvidarnos de que el dolor es parte de la existencia, siempre pretenderemos eliminarlo y por ende eliminar al sujeto, es decir, la visión del sufrimiento como de carácter físico y delimitarse a esconderle, a negarlo, por el hecho de objetivar el dolor; otra, que creamos precisamente una necesidad cada día más alta a una especie de placebo, que constituye una dependencia absoluta, la cual también trae como consecuencia un dolor más inmenso, porque ¿qué pasaría si no tuviéramos aquellos medicamentos los cuales nos hacen sobrellevar la vida? ¿Significaría un fin de la vida? Problema que no es trivial, pues con base en las consecuencias expuestas, al tratar de eliminar el dolor, ver al cuerpo como un objeto causante de estas dolencias, ha dado paso a una problemática global, como por ejemplo, en la psiquiatría, donde la tesis de que varias dolencias, tales como: la depresión, la ansiedad, la ira; que son enfermedades de la personalidad, tengan su causa en la corporeidad por sí misma, dando como consecuencia una inmanejable crisis de dependencia y aún peor, más proliferación de estos problemas y no una radicación, pues cabe  recordar que desde la masificación de medicamentos psiquiátricos ha aumentado la tasa de suicidios en todo el mundo (las mismas indicaciones de los medicamentos psiquiátricos, sobre todo para tratar la ansiedad y la depresión, explican que la medicación puede dar pie a pensamientos suicidas más de lo normal) de manera impactante, desembocando la consecuencia de un malestar del dolor aún más inmanejable. Ahora bien, esto no significa que existan personas que no necesiten de la medicación psiquiátrica: hay químicos que el cerebro no produce y estos fármacos son la solución, pues hacen más llevadera la vida (anexo también otro artículo que habla sobre el tema)[2]. La sustancia radica en que hay dolores que no son siempre de una falencia corporal: no siempre que se está triste nos deberíamos dopar, porque el malestar también es posibilidad en nosotros, por ello existe, es una forma de expresarnos sobre el mundo, porque somos sensibles a él. Y suprimir el dolor, la tristeza, la ira o demás estados mentales con una medicina, sólo porque no son agradables o hasta productivos (un trabajador triste no produce como uno “feliz”), sería negar la vida misma. Hay que enfrentar que no siempre todo es agradable, y que hasta pensar en la muerte en medio de la tristeza es algo normal, no algo que deba sí o sí necesitar de un SOMA para negarlo, y estar “feliz”, como quien esconde la mugre debajo del tapete. Claro que la medicina psiquiátrica ayuda, pero no debería ser la negación de nuestras emociones, sino ser usada sólo cuando sea necesario, cuando nuestro cuerpo en verdad la necesite. De otro lado, para exponer la parte más preocupante del caso: es que aún la medicina no ha podido decir a ciencia cierta si la depresión, por ejemplo, para cada individuo en específico, es una falta de una sustancia química, como la serotonina, o más bien un problema psicológico, de la esfera mental. Las personas van a consulta psiquiátrica, dicen estar tristes, y los medican: ¿acaso se ha estudiado su caso a fondo para comprobar que de verdad el cerebro no puede producir serotonina? ¿Y sí sólo es un estado mental que deviene de una experiencia o insatisfacción? ¿Toda tristeza y dolor debería doparse? Esta necesidad epistemológica de la modernidad ha hecho que constituyamos unas creencias las cuales van en detrimento, paradójicamente, de nosotros mismos, en vez de ayudarnos. Hay demasiada gente dependiente que no puede sobrellevar una vida sin sus medicamentos, y peor aún, dañan otros órganos y funciones de sus cuerpos gracias a la ingesta de esta medicación (el hígado, el órgano que procesa y desintoxica es un gran afectado, indicación que también está en algunas medicinas psiquiátricas). Todo esto, gracias a que en cierta medida la visión del analgésico (un evadir el sufrimiento) para el cuerpo ha desembocado en un problema de intolerancia hacia un aspecto inherente en la existencia humana: el dolor: “(…) lo que nos permite comprender su elevado umbral de tolerancia, que hemos venido perdiendo a medida que nuestras sociedades, cada vez más amnésicas, han ido convirtiéndose también en sociedades analgésicas. “ (pp 5).

Asimismo, algunos médicos actúan de forma inhumana con los pacientes (entiéndase no la versión del médico malvado, tirano o alguna construcción funesta que se pueda malinterpretar, sino la visión inhumana en el sentido del otro como sintiente, la negación de la relación entre paciente y medico de no involucrarse en una relación más que de tratante y el tratado), viéndolos como meros objetos con ciertas insuficiencias, y olvidando su esfera de un sujeto que precisamente vive el dolor, alguien que sufre, y no un fallo en su maquinaria (es una constante mi pelea con la psiquiatría, pues allí se ve al paciente como un insuficiente y no como otro que experimenta un estado mental normal. Aclaro, de nuevo, en los casos donde se medica hasta la más “mínima” tristeza o dolor, cuando en verdad su cuerpo no la necesita. Evidentemente hay patologías que son la excepción y sí necesitan guía psiquiátrica). Ahora bien, una tesis bastante interesante que maneja no sólo Bárcena, sino la psicología, es que necesitamos más que una medicina química, y eso es: el poder ser acompañados en el dolor por los otros. Véase para ello los resultados sorprendentes de la terapia cognitivo conductual en pacientes con depresión, ansiedad y problemas que atañen un sufrimiento mental de personalidad, pues tienen mejor porcentaje de curación que la medicina psiquiátrica (invito al lector a investigar sobre el tema, hay inmensas referencias). Y no sólo ello, sino que los pacientes que usan estos medicamentos, comúnmente, recaen si no reciben ayuda psicológica. Pareciera que se necesitara ser más escuchado que medicado. Aquí se valida la tesis de Aristóteles: el hombre es un ser social. Necesitamos del otro para comunicar nuestro dolor, como catarsis. La amistad o la terapia psicológica son buen ejemplo: uno socializa sus padecimientos con el fin de conseguir un consejo, tener el entendimiento del otro o simplemente liberarse de aquello que lo agobia. A esto hago un breve paréntesis: no quiere decir esto que la medicina no nos ayude en nuestra vida diaria, todo lo contrario, ha tenido avances que también nos han hecho vivir bien: la psiquiatría (cuando de verdad hay gente que necesita el medicamento) ha ayudado a seguir la vida de innumerables personas. El problema acá es su dependencia y la falta de tolerancia hacia el dolor de las personas, pues no soportan un padecimiento que puede ser llevadero y optan por analgésicos casi todo el tiempo de manera imprudente.

Sin embargo ¿cómo puede comunicarse el dolor, y aún más acompañarlo, si muchas veces parece indecible? Los sujetos experimentan muy diferente el dolor, y esto es evidente cuando se comprueba que de la enfermedad muchas personas reaccionan diferente. El caso de Nietzsche, por ejemplo, es la resolución de la enfermedad como una potencia para su sabiduría. Pero el caso de la enfermedad, en otras personas, es símbolo de derrota y un sufrimiento inenarrable. Y en cuanto a comunicar el dolor, muchas veces pareciera que fuese imposible de relatar (como el caso de Robert Antelme). [3]Aquí, siembro mi desconfianza al ver la poesía como significante, como ese lenguaje capaz de comunicar aquel dolor. De esto dice Bárcena:

“Como actividad capaz de cambiar el mundo, la palabra poética es revolucionaria por naturaleza, y como ejercicio del espíritu, actividad intrínsecamente liberadora: más que una forma literaria, el poema es el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre.  (…) Por tanto, hablar del dolor supone atreverse a pronunciar la palabra poética. Esta necesidad de lo poético puede resultar sumamente extraña. Y sin embargo, está plenamente justificada, porque sólo mediante construcciones simbólicas -literatura, cine, fotografía- es factible dar cuenta del dolor inasumible, posibilitándonos el acercamiento al espacio de lo inconcebible y de lo indecible” (Bárcena, pp 8,9)

La cuestión aquí es que, sí, evidentemente, aunque sea de carácter tedioso el poder relatar el dolor para que otro lo entienda (y hasta uno mismo), el cómo lo asimile el lector es realmente donde se refleja si hubo entendimiento o no, y por ende si la poesía por sí misma transmite este sentimiento. Es decir, por ejemplo, si Baudelaire escribe un poema sobre la muerte (y por ende el dolor que le provoca) eso no quiere decir que una persona entienda ese mismo dolor y sufrimiento, pues (no es cosa de nuestros tiempos) no sólo la escritura, sino los diferentes medios audiovisuales muchas veces son más “consumidos” que sentidos. O sea, la literatura, el cine y la poesía se han convertido también en fuente mercancía, entretenimiento, en acumulación de lecturas, ya sea por un fin en el sujeto de poseer conocimiento, o simplemente el sentirse “bien” cargando en su saber un brebaje cultural. ¿De qué sirve leer el poema más escabroso sobre una experiencia dolorosa, si en verdad el lector no lo siente o entiende (que es el propósito), sino que simplemente lo lee por otra razón, como consumirlo? Muchas veces, por ejemplo, personalmente no he podido entender cómo hay personas que van al centro histórico de memoria y su relato sobre la guerra en Colombia y terminan aplaudiendo la recopilación de esta memoria (se debería aplaudir a Jesús Abad Colorado por su trabajo, su esfuerzo por relatar el dolor de la guerra, pero no el dolor que representaba las fotografías, como si fuera un espectáculo o un simple “anecdótico”, como quien recuerda tiempos simplemente pasados) o hasta votando por un candidato que estimula la violencia ¿Qué hay que celebrar, el espectáculo del sufrimiento? ¿En dónde queda el valor de esa creación audiovisual si en algunos casos su coherencia según las acciones del sujeto es nula? Estas construcciones simbólicas que presupone Bárcena sobre una “comunicación del dolor” pueden resultar hasta en sí mismas crueles, pues el propósito se ve aquí trasgredido por un fin meramente mercantil y, por ende, placentero. El dolor se vende, es comercializado, y la poesía que es medio, puede ser simplemente convertida en espectáculo, en lucro, donde la intención sea de pronto conmover y entretener, pero no va más allá: no hay entendimiento del dolor del otro, que es lo que piensa Bárcena hace la literatura, poesía o toda palabra narrativa por sí misma. Porque también, por otro lado, alguien puede tomar un acontecimiento doloroso, convertirlo en un lenguaje poético, pero simplemente con el fin de enriquecerse u otro fin que no corresponde a una verdadera empatía con el otro y su dolor.

Finalmente, me gustaría reiterar la posición de Bárcena sobre la empatía del dolor. Y es que si bien pareciera que “El dolor es una experiencia forzosa y violenta de los límites de la condición humana, inaugura un modo de vida, un encarcelamiento dentro de sí que apenas da tregua” (pp 18) Y que si bien, como algunas veces quiere darlo a entender Bárcena, puede que la vida sea sufrimiento puesto que el morir está dentro de nosotros y esto corresponde a que, progresivamente, cada vez que vivimos, morimos un poco y esto nos causa dolor, tal vez lo único que nos queda es acompañarnos en ese acontecimiento. Y con esto no quiere decir que se asuma un “pesimismo mal entendido”, que muchas veces se entiende en corrientes de pensamiento como el budismo y por ende en autores occidentales como Schopenhauer, donde se piensa que es una rendición hacia la vida y una negación total a la voluntad, pues aunque al respecto, evidentemente, los anteriores mencionados vean que la voluntad hay que medirla según sus deseos para no propender el sufrimiento, esto no quiere decir que haya una nulidad total por parte del sujeto hacia la vida. Todo lo contrario, pues, así como el budismo (y me parece que Bárcena sigue esta corriente de pensamiento) el tener empatía con el otro, el estar con esa otra entidad que, como yo, siente dolor, y acompañarle, es una manera más saludable de estar en el mundo. Y lo más importante, propender por una educación y sociedad donde el propósito no sea evadir el dolor (pues es inevitable) sino acompañar al otro, hacer más llevadero el vivir, y hasta, por qué no, buscar el vivir bien sabiendo gestionar alguna parte de la potencia que significa el sufrir (aunque sea la más mínima fracción de la potencia del sufrimiento, porque es, tal vez, inmensa y tiene un centenar de terribles manifestaciones). Y es que la crueldad que enuncia el autor radica precisamente en lo que ha hecho esta visión de la modernidad: el no poder entender el dolor del otro, que es una traducción a totalizarlo como un mero objeto con una deficiencia y no como un sujeto que sufre. Doparlo porque es menos problemático y más productivo. Al respecto, Fernando Bárcena dice:

“Al mismo tiempo, el malestar del dolor y de quien sufre es provocador: es lo inasumible, pero también el grito que pide auxilio, compañía. Porque hay una diferencia entre el “sufrimiento en mí” y el “sufrimiento en otro”. Este último, que no puedo pretender justificar, es el que me solicita, el que hace de mí un próximo, alguien que debe responder acercándose al otro que sufre. De este modo, la experiencia del sufrimiento del otro se constituye en el nudo esencial de una nueva forma de entender la subjetividad humana, de una subjetividad receptiva al otro y del otro, de una subjetividad que se erige en supremo principio ético, más allá de toda reciprocidad y de todo contrato. (…) El sufrir el sufrimiento del otro es, al final, el modo de aprender su dolor, la forma que adopta el aprendizaje de dolor: lo “a-prendo”, es decir, no lo agarro, sino que lo acompaño, no lo encierro en una explicación, en ningún discurso, en ningún concepto, porque el dolor del otro no se puede pretender explicar ni justificar”. (Bárcena, pp 19)

Una consideración

En este apartado, como dije al inicio, quiero simplemente poner en discusión una consideración que me dejó problema en el texto y que, por razones de economía de escritura, no puedo abordar de forma completa como quisiera y tampoco exponer algunas otras consideraciones (que tal vez valgan para otro artículo). Me gustaría que fuera discutida junto con el lector, aclarada, o por lo menos, tenida en cuenta. Lo que me preocupa es la posición del autor del sentido del dolor. Me parece problemático enunciar que la enfermedad, el dolor, eso que acontece tanto en el cuerpo y la psique, tenga una teleología de un “sentido”, a saber: el pensar que una razón de ese padecimiento hará que “mejoremos” como personas, o que gracias a esta pueda curarse de ese padecimiento. Al respecto, Bárcena acude a una necesidad simbólica, que si bien pueda ser plausible en algunos sujetos (pues hay que decir que cuando se le da una razón al sufrimiento, muchas veces algunas personas hacen de él algo fructífero o se curan) esta no es para todos. Me parece un poco problemático, y si se me permite exagerar: cruel, porque el buscar una necesidad, una razón para el sufrimiento (pues no todas las personas sacan de él algo fructífero, sino que simplemente sufren) no es una convicción que se les pueda pedir los otros o a uno mismo: no siempre hay una “razón” del dolor (como, a perdón de los que piensan el sentido de vivir, ni si quiera tenemos claro del todo el porqué se vive, hecho aliviador o angustiante para algunos). Mucho más cuando estos padecimientos, como bien describe el autor que es el dolor, son algo que impiden el desarrollo de una vida plena. Y aunque después él mismo dice que el dolor es un sin-sentido y que precisamente es un absurdo, no deja de parecer que hay en el texto una posición, un intento optimista de ver al dolor, como algo el cual nos guía hacia cierto saber, como lo enuncia con Nietzsche. Por ejemplo: ¿Qué puede de fructífero sacar una persona que sufre, en medio de una guerra, una herida la cual lo tiene agonizando por algún tiempo y sabe que su muerte está más que asegurada? [4] ¿O qué puede de “bueno” sacar una persona la cual su sufrimiento le consume por completo y le imposibilita precisamente tener un espacio para poder sacar fuerzas? También, hasta dolores que devienen de necesidades materiales, como la pobreza y desigualdad social, no es prudente exigirles que su sufrimiento tenga una razón (porque muchas veces hay otras razones mucho más terrenales, como la injusticia o la tiranía de los poderosos, cosa que es tema de otro texto…). O un trauma de una experiencia horripilante tal vez insuperable para alguien. En conclusión, ejemplos desgarradores hay muchos, el sentido aquí es simplemente poner en evidencia que el sufrimiento, verlo como una razón teleológica, es un síntoma de crueldad, o por lo menos de ignorar el dolor del otro por sí mismo: porque no (siempre, para los resilientes) hay razón para sufrir. A todos no se les puede obligar a la resiliencia, a una transmutación del dolor por conocimiento, porque a veces ni si quiera tienen la oportunidad de vivirlo: porque el dolor o la muerte se adelantan y son más latentes que la vida.

Referencias

Bárcena, F. 2001. El aprendizaje del dolor: Notas para una simbólica del sufrimiento humano. Universidad Complutense de Madrid. www.ifs.csic/holocaus/textos/aprendi-htm


[1] Es la cualidad subjetiva de las experiencias individuales. Por ejemplo, la rojez de lo rojo, o lo doloroso del dolor.

[2] https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0370-41062007000500002

[3] Escritor francés que sufrió los horrores de los campos de concentración nazis. Su libro La especie humana, relata los horrores de sus experiencias allí, convirtiendo estos hechos en casi inenarrables según él mismo. Tal vez de la palabra el dolor logra gran parte de su huida, y sólo capturamos con el lenguaje sus huellas.

[4] Existe unos cuantos relatos cortos literarios para ejemplificarme mejor y que recomiendo encarecidamente: Alberto Méndez, “Los girasoles ciegos”: si corazón dejará de latir; y también: Manuscrito encontrado en el olvido.

Un comentario sobre “El aprendizaje del dolor: un problema en la educación de la empatía

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  1. Cuestión crucial para la vida humana y sobre la que resta mucho que indagar, sobre todo en una sociedad como la actual que desecha todo cuanto puede ser fuente de dolor, abocando al sujeto a cierto egocentrismo que le proteja del dolor ajeno, en cuanto parece que ya va sobrado por el propio….gracias

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