Eckhart y Dionisio: una perspectiva distinta sobre Dios

El estudio de la naturaleza, o de la existencia en su totalidad, es algo por lo que los hombres se han interesado desde tiempos inmemoriales. A lo largo de la historia se han realizado diversos modelos explicativos de estos fenómenos, siendo todos variados entre sí y exponiendo diversas propuestas. Una de las respuestas más frecuentes frente a porqué existe o es así la naturaleza es Dios. No obstante, esta respuesta no se limita a una sola explicación, pues contamos con distintos sistemas basados en la idea de Dios. En este artículo nos centraremos en la explicación que nos brinda el misticismo respecto a este asunto de la totalidad, el cual está atravesado necesariamente por Dios. El texto estará divido en tres partes, las cuales son: ¿Qué es Dios?, sobre la voluntad divina y consideraciones finales. El propósito de este escrito es, en primer lugar, realizar una reconstrucción de la idea de Dios y del vaciamiento desde los autores Pseudo Dionisio Areopagita y Maestro Eckhart. Los textos a usar serán: Teología mística y Los nombres de Dios, de Dionisio y El fruto de la nada de Eckhart. En segundo lugar, mediante este texto pretendo presentar aspectos relevantes de la filosofía de estos dos autores, con el objetivo de incentivar al lector a indagar sobre esta corriente filosófica que, como se puede observar, suele ser pasada por alto con mucha frecuencia.

I. ¿Qué es Dios?

Empecemos nuestra indagación reconociendo qué es lo que se entiende por Dios en la doctrina de la mística. Para ello, traigamos la palabra de uno de los autores de esta corriente, conocido como Pseudo Dionisio Areopagita. En Los nombres de Dios, el autor recoge la siguiente frase bíblica: “Él es antes que todo y todo subsiste en Él” (Dionisio, p.275).  Esto da a entender que Dios no solo es la causa de que todo exista, es también el soporte de las cosas después de que han sido creadas.  Entonces, una de las consecuencias de la existencia de Dios es crear y mantener la creación. La razón por la que todo subsiste en él es porque él es el único ser. Para entender esto, consideremos a Dios como un hilo que conecta varias semillas, que se entenderán como las cosas creadas, para después ser cerrado, conformando con esto lo que conocemos como una manilla. Esta manilla sería como una expresión de la totalidad de las cosas, que es lo que llamaremos creación. Las semillas, por sí solas, no podrían ser o hacer la manilla. Es más, fuera de la analogía, las cosas no podrían existir sin Dios. Aquí nos encontramos con algo curioso, pues así como las semillas no pueden ser la manilla, el solo hilo tampoco puede serla. Con esto entendemos que Dios solo puede ser lo que es mediante la creación, ya que, de no ser así, sería solo la agrupación de las posibilidades de ser, contenidas todas, pero sin efectuarse ninguna. Con esto vemos que Dios y creación son dos cosas que deben considerarse conjuntamente, pues ambas se posibilitan mutuamente. En este caso ocurre lo que dice Dionisio: “los efectos están contenidos en las causas en grado eminente” (Dionisio, p. 287). Y aunque podemos establecer una distinción entre lo uno y lo otro, se requieren mutuamente. Ahora bien, en dicha relación uno depende necesariamente del otro, pues la creación es el resultado de la manifestación de posibilidades de ser, provenientes de Dios. Vemos, entonces, que la creación proviene de Dios y, en esta medida, requiere de Él; sin embargo, no debemos olvidar que Dios sin la creación no podría manifestarse, sería tan solo un receptáculo de posibilidades que permanece aislado, independiente e inmóvil. Expresado en palabras de Eckhart: “el ser es tan elevado y tan puro y está tan emparentado con Dios que nadie puede prestar el ser, sino solo Dios en sí mismo. Lo propio de Dios es ser” (Eckhart, p. 58). Siendo las cosas creadas una manifestación de Él y, a consecuencia, carentes de Ser en sí mismas, porque su ser proviene directamente de Dios. Esto no quiere decir que Dios tenga ser y que lo comparta con las cosas creadas, pues esto sería un error, ya que tener ser es delimitarse a una forma determinada. Podemos decir, entonces, que Dios no tiene ser, sino que Él es el Ser, la razón por la que las cosas son, sin que esto implique que Dios está determinado a una forma particular.  

Tras lo expuesto anteriormente, es licito preguntarse ¿Cómo es posible que Dios carezca de determinaciones y que, a su vez, sea fuente de toda posibilidad de ser, conteniendo, por tanto, todas las determinaciones? La respuesta a esto es bastante sencilla. Puede parecer confuso, dado que se está pensando desde el principio de no contradicción, el cual dictamina que una cosa no puede ser y no ser, al mismo tiempo, del mismo modo y en el mismo lugar. Sin embargo, Dios no es ninguna de estas determinaciones, ya que en él se encuentran todas las posibilidades, pero sin ser efectuadas. Por esto, al albergar posibilidades, pero sin tender a una o algunas, estando exento, por tanto, de una determinación que le limite, podemos decir que Dios no cae en contradicción, pues de contener todas las posibilidades no se sigue que las efectúe, o al menos en él. Como es en Dios en donde residen las posibilidades de ser, todas las cosas parten de él, careciendo, en sí mismas, de ser, puesto que el ser es Dios.  Recordemos aquí al maestro Eckhart cuando nos dice: “Dios ni es un ser ni es inteligible, ni conoce esto ni lo otro.  Por eso Dios está vacío de todas las cosas y [por ello] es todas las cosas” (Eckhart, p. 78). No es ser en el sentido de que no es una cosa determinada, no es una sola posibilidad de ser, es todas estas aglomeradas. De allí que no sea inteligible, pues esto implicaría encasillar a todas las posibilidades de ser, que posibilitan la existencia de las cosas y, por tanto, de las ideas, en una sola idea. Como vemos, esto es imposible, pues “Todo conocimiento, en realidad, tiene un ser como objeto. Aquello que es superior a todo objeto trasciende también todo conocimiento” (Dionisio, p. 274). Dios, que es superior a todo conocimiento, no puede ser comprendido en su totalidad por nosotros. Esto se debe a que nuestra capacidad de comprensión aprende por secciones. Toma la totalidad por fragmentos y los considera como cosas distintas entre sí cuando se trata, por decirlo de alguna manera, de dos caras de la misma moneda.   

Como Dios es el soporte de la realidad y por él y en él existen las cosas en una unidad, de ello se sigue que “Para Dios nada muere; todas las cosas viven en él” (Eckhart, p. 59). La muerte en Dios no es posible, dado que lo que muere es porque está vivo, teniendo dualidad. Por esta razón la muerte es algo creatural, que cambia de estados, pero no aniquila las partes, pues estas conservan su ser, ya que, si no lo hicieran, se aniquilaría una parte de Dios, cosa que es imposible. De allí que sea necesario replantearse la forma de considerar las transiciones de un estado a otro. Frente a este aspecto Eckhart plantea estar en relación con la voluntad divina. Según este autor: “Todo lo que está dividido en las cosas inferiores es reunido cuando el alma se eleva a una vida en la que no hay ninguna oposición” (Eckhart, p. 60). Esto es cuando el alma abandona sus inclinaciones particulares y las influencias de lo creatural, desprendiéndose de ello por completo. Cuando se entra en este estado es cuando se puede empezar a obrar según la voluntad divina. Lo anterior se explicitará en la siguiente sección.

II. Sobre la voluntad divina

Para lograr entrar en relación con Dios es necesario abandonar toda idea que se tenga de él, pues una idea es una forma de captar algo y poder retenerlo en la mente; Dios, que está por encima de todo ser, no puede ser captado de esta manera por la mente y, menos aún, reducido a algo inferior que una creatura, o sea, al producto de una creatura. Esto puede entenderse en palabras de Dionisio, pues para él: “siendo Dios causa de todo ser, Él no es nada de esto, pues de todo ser está supraesencialmente separado” (Dionisio, p. 275). Lo que significa que Dios está a la base de todas las cosas, como ya vimos, y por ello no puede ser comprendido tal y como es, pues esto implicaría conocer la esencia de todas las cosas. De allí que toda idea que se tiene de Dios resulta ser una quimera o un fantasma. Aun cuando se trata de imágenes divinas, pues “nos valemos de símbolos para entender, en cuanto nos es dado, las realidades divinas. Mediante ellas, según nuestra capacidad, nos elevamos a la verdad una y desnuda. Entonces abandonaremos las imágenes que teníamos de lo divino” (Dionisio, p. 273). Con esto se pretende hacer caer en cuenta que, si bien las imágenes divinas pueden guiar, tan pronto como se ha comprendido, estas deben ser abandonadas. Retomando, el propósito de despojarse de toda idea de Dios es obrar acorde a la voluntad divina, que es dejar de entender las cosas como duales y entender que todo es una unidad que reside en Dios y parte de él. Si tenemos una idea de Dios, estaríamos obrando en relación a esta idea y no según Dios mismo. Cabe aclarar que Dios no dictamina nada, pues en Él no hay nociones contrarias, como vimos, por lo que podríamos decir que toda acción está al margen de Dios.

Para lograr entrar en relación con Dios es necesario abandonar toda idea que se tenga de Él

Si en Dios todo es permitido, pues nada está en contra ni es una negación de Él, ¿por qué obrar, entonces, de una determinada manera? El hombre, como cosa creada y manifestación del ser, es como una imagen, la cual está en relación con su original. De allí que se deba obrar según la voluntad divina, que es obrar sin inclinaciones personales ni conocimientos adquiridos, sino como estando propiamente en el ser, al mismo nivel que Dios, sin distinciones ni determinaciones. Es obrar como cuando no se era. Esto es lo que se considera como pobreza espiritual. De ella podemos decir que “un hombre pobre es el que nada quiere, nada sabe y nada tiene” (Eckhart, p. 75), tal cual como cuando aún no existía. En este estado de pobreza hay que abandonar no solo la idea de Dios, sino prácticamente cualquier conocimiento adquirido, pues, según el párrafo anterior, un conocimiento o una idea son determinaciones. Si se abandonan, será más fácil participar del ser dado que

Allí, renunciando todo lo que pueda la mente concebir, abismado completamente en lo que no percibe ni comprende, se abandona por completo en aquel que está más allá de todo ser. Allí, sin pertenecerse ni a sí mismo ni a nadie, renunciando a todo conocimiento, queda unido por lo más noble de su ser con aquel que es totalmente incognoscible. Por lo mismo que nada conoce, entiende sobre toda inteligencia (Dionisio p. 373).

En un principio dije que obrar según la voluntad divina es estar en relación con Dios. Dicha relación es, como también mencioné, estar a la par con Dios, participar del Ser si establecer ninguna distinción, ni siquiera entre Dios y uno mismo. Por esta Razón, obrar según la voluntad divina no puede ser someterse a Dios o seguirlo, aunque de por sí esto es imposible, esto sería subordinarse a Él y, en esta medida, no habría libertad. Esto significa que “Quien desea algo de otro es siervo y quien paga es señor” (Eckhart, p. 55). Si esperamos algo de Dios, estaríamos, primero, perdiendo la libertad a la que se debería aspirar por obrar según la voluntad divina y, segundo, se estaría deseando y, por tanto, se permanecería en lo creatural.

III. Consideraciones finales

1. No podemos conocer a Dios, pues nosotros solo podemos conocer mediante representaciones, que son determinaciones, estando, por tanto, en lo creatural y no en lo divino. Sin embargo, se dice que Dios está en todo, pues como él es la posibilidad de que cada cosa sea, siendo Él la fuente del ser, entonces Él está presente en cada cosa. Esto abre la posibilidad a considerar que, si comprendemos una determinada cosa completamente ¿no estamos comprendiendo, con ello, una parte, por ínfima que sea, de Dios? Quizá este especulando demasiado, pero creo que, si logramos entender lo que es una cosa, comprenderemos una parte de Dios. Incluso, si entendemos dos cosas que parecen opuestas y las consideramos no como contrapuestas, sino como dos modos o dos posibilidades de la misma cosa, estaremos desdibujando, en una pequeña medida, la idea de oposición. Abandonar enteramente lo dual y las distinciones es, por nuestra condición, imposible, pues no contamos con la capacidad de captar el ser sino sus manifestaciones, las cuales comprendemos como diferentes. Por ello tenemos que actuar como si estuviéramos en el Ser, sin llegar a él propiamente.

2. Se dice que debemos abandonar toda idea de Dios para poder obrar libremente. Aquí, a mi parecer, se nos presenta una imposibilidad, pues, en primer lugar, no podemos dejar de hacernos a una representación o a un pensamiento de Dios. En segundo lugar, después de todo el proceso de vaciamiento, creo que no es posible que dejemos de contemplar la existencia desde lo creatural, ya que estamos limitados a ello naturalmente. Si meditamos con detenimiento, tener una idea de Dios en la que este está subordinado a determinaciones es tener una idea falsa de él; no obstante, si comprendemos que Dios es la fuente del Ser, quien alberga todas las posibilidades de Ser, entonces estamos haciéndonos a una idea de Él. Puede que no sea una idea de Dios como totalidad, ni como algo determinado a delimitadas posibilidades, pero igualmente sigue siendo una idea respecto a Dios, que, en este caso, sería acertada. Se comprende que en el vaciamiento se replantea el significado y modo de asumir la existencia, pero una de sus condiciones es abandonar y no caer ni en ideas de Dios. Espero haber comprobado que esto es imposible.   

Lista de referencias

Dionisio, A. (1990). Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita. Madrid: Biblioteca de autores cristianos.

Eckhart, M. (2008). El fruto de la nada y otros escritos. Madrid: Siruela.

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