Preguntas apremiantes de los y las jóvenes: una reflexión sobre el concepto de justicia

El presente texto tiene como objetivo final exponer las principales ideas expuestas por el filósofo francés Alain Badiou, en el segundo capítulo de su texto titulado: La República de Platón. Este apartado comienza justo después del final del diálogo entablado entre Trasímaco y Sócrates acerca de la definición de Justicia. Si bien todavía no hay una definición clara acerca de la Justicia, si se ha dejado remarcado que la Justicia no se puede pensar unida a la fuerza. Ahora, entra en escena Glaucón con una serie de inquietudes hacia Sócrates, que le ha dejado la conversación anterior. Lo que se desea conocer es si es superior la vida de un justo a la de un injusto y, qué tipo de bien es la Justicia. Para desarrollar dicha cuestión, Glaucón da tres tipos de bienes: primero se encuentran los bienes que son buenos por sí mismos como la alegría; segundo los bienes que son buenos por sí mismos y por los efectos que ellos producen. En esa categoría entran los bienes como: pensar, ver, tener buena salud, etc; y en tercer lugar se encuentran los bienes que causan efectos buenos, pero no son útiles ni apreciables, tales como la gimnasia, curarse de una enfermedad, etc.

Por lo mismo ¿En cuál categoría cabe la Justicia? Sócrates dice que en se encuentra en la segunda categoría, que es la mejor, pero Glaucón argumenta que esa no es la opinión de la mayoría de las personas. La mayoría piensa que la Justicia es de la tercera categoría, debido a que la gente es justa solo por el hecho de los beneficios que ella trae, como la reputación, y no por la Justicia en sí misma. El punto clave de la argumentación de Glaucón es saber si la vida del justo es superior a la vida del injusto o si es al contrario. Para entrar en discusión con Sócrates, Glaucón va a tomar el papel de justificar que la injusticia es mejor que la justicia, posteriormente Sócrates después dé un discurso acerca de la supremacía de la Justicia sobre la Injusticia. Como inicio, justifica que la mayoría de las personas piensa que es bueno cometer una injusticia, mientras que es malo padecerla. Y uno no comete injusticias sencillamente porque no tiene el poder para hacerlo, esa es la naturaleza de la Justicia y eso es lo que piensa la gente en general. Por lo mismo, es que me parece clave la pregunta que se plantea en el diálogo: “¿es a pesar de ellos, por la sencilla razón de que no tienen la fuerza de ser injustos, que tantos obedecen a los imperativos de la justicia?”. (Badiou, 76, 2013).

¿Es por temor a la sanción social que uno actúa justamente y la tendencia natural del ser humano es a ser injusto? Para reforzar la tesis expuesta por Glaucón se expone un experimento mental: el mito de Giges. El mito cuenta la historia de un pastor llamado Giges, que vive en el reino del rey de Thule. Un día normal, en una tormenta, encuentra un anillo hecho de oro y, Giges lo roba y huye. Tiempo después, en una reunión de unos pastores ante el rey, se encuentra Giges. Giges, cansado de esa reunión, se pone el anillo y, mágicamente se vuelve invisible, pero cuando se lo quita, se vuelve visible. Se da cuenta que nadie nota su presencia cuando tiene el anillo puesto, y todo vuelve a la normalidad cuando se lo quita. Entonces cuando Giges dimensiona del poder mágico del anillo, comienza hacer todo tipo de fechorías: mata a su rey, se acuesta con la reina y toma el poder del reino.

La pregunta que uno se plantea con el mito es la siguiente: ¿será que uno, con el poder de cometer una injusticia y no pagar condena alguna, la cometería? Pareciera que, sin el poder de las leyes, no sería posible vivir en una sociedad, porque por más justo que uno fuera, sería muy difícil pensar que teniendo la fuerza de cometer una injusticia sin pagar nada a cambio, tuviera tal voluntad férrea para no hacerla. Eso se puede sintetizar en dos frases del pensamiento cotidiano: “el vivo vive del bobo” y “hay que tener malicia indígena”. Nadie es justo por su propia voluntad, solo lo obligan a aceptarla. Pareciera que se partiera de una antropología bastante clara: el hombre es “malo” por naturaleza, algo parecido al planteado por Hobbes en su frase: “Homo homini lupus[1]”. Es por eso que Glaucón sintetiza esa parte del discurso así:

“si alguien que dispone de los poderes del anillo de Giges no soportara ser injusto y no diera libre curso al deseo violento de apoderarse de aquello con lo que los otros gozan, todos los que estuvieran al corriente lo considerarían como un loco desdichado. En público, por supuesto, lo elogiarían con palabras melosas, pero con la única esperanza de engañar a su mundo, aterrorizados como estarían por la idea de sufrir, ellos, alguna injusticia feroz.” (Badiou, 78, 2013).

Para seguir con el argumento que la vida injusta es mejor, pasa a ahora a mirar la calidad de vida de tanto un ser humano justo y un ser humano injusto. Y con llevar la argumentación hasta las últimas consecuencias, se plantea que ambos son la perfección de su tipo, es decir, el injusto es el mejor cometiendo injusticias y el justo es el hombre más justo posible. El ser humano injusto, para ser el mejor en su arte, tiene que ocultar sus injusticias, es decir, que no lo “atrapen” y mantenerlas en secreto. Aparentar que es el hombre más justo cuando en realidad es todo lo contrario. Por ejemplo: si lo descubren que ha cometido una injusticia, tiene que tener la capacidad de poder cambiar las tornas a su favor, y argumentar que las acusaciones en su contra son falsas. Además, puede justificar que han contratado testigos en su contra o algo por el estilo. Debe poder salir victorioso de todas esas afrentas, debido a que si no es así, no sería la perfección en su arte.

Ahora, miremos el caso contrario, la del ser humano justo. Él no aparenta ser un hombre justo, sino que lo es, pero el problema radica en que se debe quitarle toda apariencia de virtud, ya que se pensaría que actuaría justamente solo por interés. Es por eso que:

“Que aparezca –él, siempre inocente- como culpable de las más infames injusticias, con el fin de que, confrontada con el infortunio de ese cruel juicio público y de las terribles consecuencias que de allí se derivan, su justicia inmanente se revele en el hecho de que no cede en su deseo: aunque sometido a la tortura de aparecer siempre injusto mientras que es siempre justo, nuestro hombre seguirá siendo fiel a su máxima interior hasta la muerte.” (Badiou, 79, 2013).

La argumentación sigue, con relación a lo expuesto anteriormente, la siguiente pregunta: ¿Quién es más feliz? ¿Cuál vida es más deseable? Pues sería lógico pensar que es el injusto quien vive una vida más feliz, porque aunque es injusto, tiene como apariencia un ser justo. Y todo lo contrario con el otro sujeto, ya que vive una vida justa, pero con la apariencia de ser más desdichado e injusto. El problema de fondo es el mundo de la apariencia, no de la realidad. Glaucón enfatiza que eso no es lo que él piensa, sino que está reconstruyendo el argumento de quienes arguyen que en comparación, la injusticia es mejor que la justicia. Y esto es así porque por más que uno se esfuerce en ser un hombre justo, no se espera más que una serie de actos injustos. No hay ninguna recompensa por ser así, sino que todo lo contrario, las mayores desgracias. Entonces ¿por qué debo actuar justamente, si recibo, por el contrario, las mayores desgracias?

Después de toda esa explicación de Glaucón, Sócrates parece que se queda sin argumentos para “salvar” a la Justicia, y aparece en defensa del argumento expuesto anteriormente, la hermana de Glaucón, Amaranta. Hay que observar que en la República escrita por Platón no aparece ninguna mujer en los diálogos, y menos para defender una idea, quien aparece para hacer esa argumentación en el “texto original” es Adimanto[2]. Amaranta arguye que si bien los argumentos para pensar que uno busca a la Justicia es por los beneficios que ella trae, como el honor y el buen nombre, en vez de buscar a la justicia en sí misma, es algo que está en el pensamiento de la gente, pues uno puede llegar más allá, y pensar que los Dioses recompensan a los justos con innumerables beneficios, como justifican los poetas. Después de la muerte, los justos vivirán todos los beneficios que le dan los Dioses por ser justos, y pasa todo lo contrario con los injustos. Los injustos sufrirán todo tipo de horrores y castigos por haber actuado de tal manera durante toda su vida, según los poetas. Esos son los destinos que le guardan a cada uno por los actos cometidos.

Pero también argumentan, según Amaranta, que esos valores de la templanza y la justicia son magníficos pero no son fáciles de alcanzar, al contrario que los vicios y las injusticias, que son fáciles de obtener y de fácil acceso. “Y he aquí que la cantilena virtuosa cambia de tonalidad: la gente de mundo y los poetas se ponen todos a cantar, con un ritmo cada vez más trepidante, que las injusticias, casi siempre, rinden mucho más.” (Badiou, 84, 2013).

Los poetas, nos dice Amaranta ahora, afirman que la injusticia es más ventajosa en la vida que lo justo, y que los perversos son ricos y felices, respetados por ello, y los pobres son despreciados aunque sean mejores que los otros. Lo de ahora contrasta con los pasajes de Homero y Hesíodo, luego: o bien los poetas se contradicen, unas veces diciendo que la justicia trae la abundancia y otras diciendo que la riqueza la trae la injusticia, o bien no se contradicen, como creemos que sugiere la hermana de Glaucón, y cuando hablan de justicia se refieren a la apariencia de justicia, siendo idénticos el injusto y el justo aparente, que alcanzan la abundancia y la riqueza.

Después, la argumentación sigue con la relación que ponen de manifiesto los poetas entre los dioses y la virtud. Aunque eso en la realidad no es así, debido a que los seres virtuosos les pasan cosas terribles y embrollos, que no tienen los injustos. Incluso existen charlatanes, todavía en la actualidad, que por más delitos que usted cometa, le venden la idea que usted pagando puede dejar atrás todos esos errores en la otra vida, es decir, solo se llega a ser virtuoso si se paga una cierta cantidad de dinero.

Antes de continuar con la preocupación de los jóvenes hacia Sócrates, es importante remarcar que en esos apartados expuestos anteriormente, ya comienza a aparecer un cierto desprecio hacia el conocimiento de los poetas, porque pareciera que es por culpa de los charlatanes, que utilizan mal el conocimiento de los poetas, que se piensa que la injusticia es más beneficiosa que la justicia. A ello responde la constante cita tanto a Homero como a Hesíodo a lo largo de la argumentación de Amaranta. Es por eso la lección que viene a continuación, es que los jóvenes pueden pensar:

“Si soy justa sin llegar a parecerlo, voy a tener que soportar serios engorros, si soy injusta con todas las apariencias de la justicia, tendré una vida genialmente divina. Entonces me digo: dado que los viejos sabios me muestran a mí, la joven, que la apariencia prevalece siempre sobre la verdad, debo, sin titubear, volverme en bloque hacia ese lado. Más astuta que el Zorro de las fábulas, voy a trazar alrededor de mí, dibujo o fachada, una imagen fantasmagórica de la justicia.” (Badiou, 87, 2013).

Es por mostrar una apariencia del mundo, y de la justicia, que puede llegar a ser problemático el tema de la poesía. Si la poesía se encargará de la verdad, y no de la apariencia, no tendría las problemáticas que se le presentan. Y lo peor que parece preocupar a los jóvenes, es la utilización que se hace de los poetas, de ese discurso para justificar una supremacía de la injusticia como mejor forma de vida. Esa distinción, incluso hoy en día, es tema de discusión, entre discurso de realidad y discurso de ficción, o de la temática acerca entre opinión y sabiduría.

Ahora, volviendo a la argumentación que sigue Amaranta, que es mejor ser injusto que justo, según el conocimiento de los poetas, viene el problema de los Dioses. Si uno es injusto, los Dioses se darían cuenta que uno está cometiendo esas injusticias y lo castigarían. Pero la pregunta que se plantea es: ¿Y qué pasaría si esos Dioses no existieran? ¿Cómo se justifica que es mejor ser justo que injusto si no hay castigo o recompensa futura? E incluso, que según los poetas y los charlatanes, uno puede apaciguar a los Dioses si se le da la debida ofrenda. Estos argumentos llevan, otra vez, a justificar que es mejor cometer injusticias, y uno no comete injusticias debido a que está en la incapacidad de hacerlo, pero apenas tenga la oportunidad, lo haría, tal cual Giges con el anillo. 

Entonces la pregunta final de Amaranta a Sócrates se puede sintetizar de la siguiente manera:

“¿Qué razones tenemos “nosotros”, los jóvenes, para preferir la justicia a la más cínica injusticia, si nos basta con disimular nuestra corrupción bajo la apariencia de un ropaje decoroso para que los hombres y los dioses, de inmediato, nos dejen ir tranquilamente adonde nos llevan nuestros deseos?” (Badiou, 88-89, 2013).

Según la opinión popular, no hay ninguna razón de peso para creer que la justicia es más beneficiosa que la injusticia y, que no se ha podido demostrar qué es la justicia y la injusticia en sí mismas. Ni siquiera ha habido argumento alguno que llegue a demostrar que es un bien supremo la justicia y el peor de los males la injusticia. Entonces Sócrates le cuestiona a Amaranta cuál es el fin de esta justificación, pues no es la posición que ella defiende inicialmente en el dialogo. Entonces, Amaranta le responde que el fin de la discusión es que él realmente dé argumentos sólidos en favor de la justicia, y no solo si es beneficiosa, sino también la naturaleza de la misma, de una manera inmanente, es decir, buscar fundamentos universales que den cuenta de una definición de Justicia para todos. Además, desea eliminar esas referencias a la opinión vulgar y al juicio ajeno, ese debe ser el objetivo de las posteriores discusiones. Es, por lo tanto, que la petición de los y las jóvenes es la siguiente:

“O sea que lo que esperamos de usted es que al fin ocurra ese dichoso milagro: un elogio de la justicia que se apoye en la acción positiva que su esencia singular ejerce en el Sujeto que es su soporte; una condena de la injusticia cuya fuerza radique únicamente en el daño considerable que acarrea en el devenir de ese mismo Sujeto.” (Badiou, 91, 2013).

Otro de los puntos interesantes del capítulo tiene que ver con el interés de los y las jóvenes por intentar responder de la mejor manera la cuestión de la política, incluso si los argumentos en una primera instancia favorecen más a la injusticia que la justicia, los jóvenes siguen empeñados en buscar que la justicia es mejor y más beneficiosa.

En conclusión, este segundo capítulo muestra y argumenta las preguntas que después Sócrates y sus compañeros de diálogo van a intentar solucionar a lo largo de los siguientes dialogos, porque son preocupaciones reales acerca de la definición de Justicia y sus implicaciones éticas y políticas. Es por lo mismo que el título es bastante sugestivo y da para pensar preguntas apremiantes de los y las jóvenes. Si Sócrates logra responder de manera adecuada estas preguntas y logra solucionar el problema de la opinión -que incluso  llevo a que lo condenaran- entonces ha podido lograr solucionar en parte el problema de la dike[3].

Referencias

Badiou, Alain. (2013). La República de Platón. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires.


[1] El hombre es un lobo para el hombre.

[2] Badiou hace estos cambios de personajes con el objetivo de hacer la obra de Platón más cercana a nosotros, y nuestras problemáticas, como puede ser la inclusión de la mujer dentro de la sociedad.

[3] Dike en griego quiere decir Justicia.

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