La oposición en Bolivia: la ironía política

Artículo escrito por: Gonzalo Carrera Cornejo. Politólogo de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, escritor y editor de Cronistas Latinoamericanos.

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David Easton expone algunas características de los sistemas políticos modernos en su obra: A framework political analysis. Resaltan tres, sobre otras. 1) Input, 2) Output, 3) Feedback.

Para iniciar, los inputs se representan como el conjunto de demandas que exige un grupo determinado de la sociedad para solucionar problemas que les afectan directa o indirectamente.

Los outputs se definen como el conjunto de respuestas que el sistema político ofrece a estos grupos determinados de la sociedad, buscando satisfacer las demandas y solucionar los problemas que se presentan.

El feedback se traduce en la retroalimentación. La sociedad, una vez que conoce los outputs desplegados, otorga una respuesta al sistema para informar si los outputs satisfacen las demandas, si son completas, si tienen alguna falla o si encuentran inconsistencia en las mismas.

Una vez aclarado esto, veamos algunos ejemplos en contraste con la historia política boliviana:

Primero. La inflación boliviana llegó a un promedio mensual de 190,30 por ciento entre los meses de abril de 1984 a agosto de 1985, según el Ministerio de Economía y Finanzas. Claramente, a nivel técnico, el país necesitaba de un plan de contención y Víctor Paz Estenssoro logró aplicar una medida de shock que normalizó los índices económicos tres meses después del mes de agosto, mes en el que se realizó el decreto supremo 21060, que abriría el paradigma neoliberal. Efectivamente, a un nivel técnico, el output vendría a ser el decreto 21060 y la política de shock. La respuesta de la sociedad sería positiva en este nivel, puesto que los datos cuantitativos demostraban que había sido completamente exitosa. Sin embargo, debido a la relocalización de mineros, el costo social y las extensas protestas de la Central Obrera Boliviana, se pudo apreciar que el mismo output a un nivel netamente social tuvo una retroalimentación negativa.

Segundo. Para el año 2003, la crisis social por el neoliberalismo[1] se profundizó a su punto más bajo. Para este año, las demandas del pueblo boliviano, unidas a una sola cadena de equivalencia desde muchas; entendidas según Ruiz Valerio en 2006, desde Laclau en su texto Razón Populista como fundamentales para dar lugar al populismo. Las mismas, a medida que avanzan y se unifican simbólicamente, sirven para generar un ‘nosotros’, diferente de los ‘otros’. En resumen, las demandas se articulaban en una sola cadena que contenía simbólicamente el total de las mismas, exigiendo en su conjunto tres cosas para el año 2003 en Bolivia: a) La nacionalización de los hidrocarburos, b) La convocatoria a una asamblea constituyente que incluya a los Pueblos Indígenas específicamente, además de c) la reformulación de la política fiscal. El presidente de turno, Gonzalo Sánchez de Lozada fue incapaz de comprender y asimilar este tipo de demandas al no ofrecer ninguna respuesta a las mismas, lo que ocasionó que para febrero y octubre del mismo año, la tensión social llegara a un punto de no retorno, creando una inestabilidad con un agotamiento político tan alto que tuvo que escapar de Bolivia resguardando su seguridad y la de su familia. El pecado más grande que cometió Sánchez de Lozada fue no tener la visión de país suficiente para visualizar este tipo de problemáticas y su impacto.

Tercero. Para el año 2016, el referéndum del 21 de febrero creó un mito simbólico nuevo: la democracia. A partir del mismo, se conformaron diferentes frentes, movimientos y agrupaciones ciudadanas que buscaron resguardar la democracia (claramente con sus propias y diferentes nociones de qué es la democracia). En este punto, Bolivia tenía la oportunidad de acceder a un nuevo sujeto histórico[2] en sus casi 200 años de vida. Necesitaba de la conformación de un sujeto que pueda llevar adelante la nueva cadena de equivalencia que se formaba en torno a la concepción de democracia. Sin embargo, torpemente, las plataformas ciudadanas no solo fallaron en esta conformación tanto simbólica como real, sino que se perdieron entre la mata de políticos de antaño.

En estos tres casos, vemos cómo funcionan los inputs, los outputs y la retroalimentación en un sistema político tradicional. En el primer ejemplo vemos como los outputs reflejan resultados positivos en un aspecto, pero muy negativos en otro. Lo que puede arrastrar varios problemas en la consolidación de la legitimidad y por ende la gobernabilidad de los líderes. En el segundo caso, observamos con más claridad que los cambios de paradigma generalmente se originan por el agotamiento de los sistemas políticos actuales. Estos se expresan por la incapacidad de responder a las demandas de una sociedad de manera propicia. En el asunto de Gonzalo Sánchez de Lozada, esta incapacidad le costó más que un puesto de gobierno, también un exilio permanente para él y su familia. En el tercer caso, vemos un detalle curioso: el sistema no está conformado solamente por el Estado y su Gobierno, sino por el conjunto de movimientos contra hegemónicos que existen en el mismo. En este caso, los inputs se arrojan a la arena, en donde el hegemón y el contrahegemón[3] luchan por la solución propicia de los mismos. Las plataformas ciudadanas cayeron completamente en la incapacidad de movilizarse como sujetos históricos, incluso perdiendo su calidad de sujetos políticos al arrodillarse ante personalidades como Carlos Mesa o Víctor Hugo Cárdenas.  Al no poder impulsar las demandas de la población, las plataformas fracasan y alimentan la grave tensión política que existe desde ese año, legitimando a Evo Morales en sus elecciones generales de 2019.

Manifestación ciudadana, Bolivia. Créditos de fotografía: Alexandro Fernández Mansilla. (2019). Instagram: @galezz4

Continuando, los inputs que se van desarrollando a través de estas nuevas cadenas de equivalencia son cada vez más volátiles. Se pide una mejora sustancial en la calidad de la democracia, sin embargo se cae en actitudes totalmente antidemocráticas, como las de los candidatos a diputación de Comunidad Ciudadana que se reducen a insultar, arremeter y jugar a la guerra sucia con cualquier otro partido que no sea el suyo. Aun cuando hubo la oportunidad de elegir a un candidato único de oposición en las elecciones primarias desarrolladas en enero del presente año. Entonces, la lógica resulta graciosa: “pido mejor calidad de la democracia en mi país, pero exijo que los otros partidos de oposición capitulen incondicionalmente a mi partido”.

Otro ejemplo interesante surge a partir de la postulación de Víctor Hugo Cárdenas, que exige de igual forma una democracia “mejor”, pero su discurso se centra en el hostigamiento de los movimientos LGBTI+, la perpetuación de los roles de género patriarcales y la exclusión de sectores desprotegidos. Entonces, ¿cómo es posible pedir mejor democracia, cuando discurso es claramente excluyente con la oposición a los Derechos Humanos de un segmento poblacional? ¿Podemos exigir democracia desde la negación del otro? Incongruencias de una oposición totalmente desnuda y sin dirección.

Finalmente, Carlos Mesa se presenta como una alternativa que se centra en la “renovación política”. Sin embargo, la renovación es un significante flotante en la coyuntura nacional, que se traduce en varias luchas sociales que las compañeras y los compañeros despliegan. Entre ellas, los distintos feminismos, los movimientos LGBTI+, los movimientos ambientalistas, los movimientos de reivindicación identitaria indígena, etc. Curiosamente, Carlos Mesa está rodeado de detractores públicos de la gran mayoría de estos movimientos. Sobre todo, y lo más interesante, es que la mayoría de estos detractores son miembros de plataformas ciudadanas. Exactamente, aquellas que buscan la consolidación de una democracia “de calidad”.

Ilustración de: Pawel Kuczynski

Por este motivo, observamos contundentemente que los frentes de oposición no responden a la actual cadena de equivalencia conformada en base a las demandas en torno a la democracia, de las que se desprenden los movimientos feministas de manera transversal, los movimientos LGBTI+ y finalmente la inclusión de Pueblos Indígenas en este nuevo imaginario que plantea. No se puede desplegar un discurso político en favor de la democracia, cuando la misma postulación a puestos de gobierno legitima al candidato inconstitucional. Antes de pretender ser un cambio que, por lo pronto, no es necesario en nuestro país, deberíamos observar los problemas estructurales que nos dejó la falta de criterio para controlar nuestra democracia. Las respuestas no se dirigen a las demandas de la población, por lo tanto, se ingresa en un estado de espera a la inminente transición social que llega este fin de año.

Bibliografía:

Easton, D. (1965). A Framework of Political Analysis. Buenos Aires: Amorrortú.

Laclau, E. (2004). La Razón Populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Ruiz Valerio, J. (2006). ¿La lógica del populismo o el populismo bajo otra lógica? Monterrey: Scielo. Recuperado de:
http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35692006000100007


[1] Se entiende neoliberalismo como un resurgimiento de las ideas liberales en un sentido más económico que filosófico. La vuelta de ideas que apoyan los principios del libre mercado junto a control limitado del Estado. Este tipo de línea política (más que filosófica) tiene cargas negativas profundas en Bolivia, pues es vista como la herramienta opresora de las clases sociales privilegiadas.

[2] El sujeto histórico desde la dialéctica marxista, se conforma desde las clases sociales como sujetos que despliegan sus intereses económicos y su ejercicio del poder, cumpliendo con los principios de la ideología y la superestructura, contribuyendo al cambio del devenir del paradigma social actual y reemplazarlo por uno nuevo. En el caso específico de Bolivia, eliminar características del caudillo y reemplazarlo por los conceptos de ciudadanía y democracia.

[3] Desde la concepción de ejercicio de poder de Gramsci, la red de interacciones sociales se producen entre dos frentes. El movimiento contrahegemónico buscan obtener la capacidad de desplegar coerción y propaganda (Violencia legítima y capacidad de influencia) que tiene el movimiento hegemónico. Uno representa la autoridad, el otro la reacción. Desde una noción marxista, la lucha de clases sociales es una lucha de hegemón versus contrahegemón, siendo el opresor el primero; el oprimido, sería el segundo.

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