Democracia y Republicanismo: un callejón sin salida

El 30 de enero de 1649 Carlos I fue decapitado a las afueras de la Banqueting House después de ser sentenciado por la High Court of Justice, tribunal creado por el Parlamento inglés con el único propósito de juzgarlo por alta traición. Este hecho representaría el fin de la segunda guerra civil inglesa y el inicio de la República de Inglaterra (1649 – 1660); dicho regicidio constituye un hito en la historia política europea, pues Carlos I fue el primer rey en ser condenado a muerte, dando lugar con ello a una serie de hechos que concluirían en 1688 con la llamada “Revolución Gloriosa” y el establecimiento de Inglaterra como una monarquía parlamentaria. Es precisamente la República de Inglaterra y sus ideales políticos la cuestión que Quentin Skinner examina en su libro La libertad antes del liberalismo. Este libro publicado en 1998, estudia la teoría neo romana de los estados libres y la importancia que tuvo a la hora de constituir la república inglesa; en efecto, dicha teoría presta las bases para el republicanismo que dirigiría el destino de este nuevo estado inglés libre del poder monárquico. Pero el libro de Skinner no es exclusivamente una lección de teoría política, pues a su vez, hace un detallado repaso histórico de los hechos que acontecieron en Inglaterra durante la breve existencia de la república, así como de las presuntas causas que la llevaron a su caída.

El juicio de Carlos I.

Lo que pretendo hacer en este ensayo es analizar críticamente la siguiente tesis: el republicanismo ha de ser necesariamente democrático si es su ambición ser fiel a los ideales que promueve. Merece la pena dejar claro, antes de iniciar cualquier argumentación, que esta tesis no es para nada despreciable si se tiene en cuenta el destino que corrió la república inglesa, y si se considera que al hacerle reparos a un gobierno de estas características, es factible exponer las debilidades del republicanismo y poner en duda tanto sus supuestos como su alcance; al fin y al cabo, la tesis se presta igualmente para criticar la posibilidad de un gobierno auténticamente democrático, de modo tal que esta observación no se restrinja a la República de Inglaterra, sino a la democracia misma.

Para empezar, es necesario aclarar la razón por la cual hablaré de ahora en delante de la teoría neo romana de los estados libres, y es que autores como James Harrington, Marchamont Nedham, Henry Neville o Algernon Sidney, fueron profundamente influenciados no sólo por la República Romana y la noción de res publica, sino por Nicolás Maquiavelo y el ideal de civitas libera que defiende en los “Discursos sobre la Primera década de Tito Livio”; partiendo de estas dos autoridades, los teóricos neo romanos van a defender la tesis radical de que sólo se puede ser verdaderamente libre en un estado libre. Ahora bien, ¿cómo vincular la noción de un gobierno representativo con la libertad de los ciudadanos y por ende, con la libertad del estado? Pues bien, para contestar esta pregunta Skinner explica que “los estados libres al igual que las personas libres, se definen por su capacidad para autogobernarse. Un estado libre es una comunidad en la que las acciones del cuerpo político son decididas por la voluntad de sus miembros como conjunto” (Skinner, 2004, p. 19). Esto significa que en un estado libre, no sólo los actos, sino las leyes que gobiernan dicho estado, serán establecidas por la voluntad general del pueblo y que incluso, es fundamental para la libertad de los ciudadanos el participar activamente de la creación de dichas leyes. Esta condición fundamental del republicanismo que promueven los teóricos neo romanos, los ubica en la orilla opuesta de aquellos defensores de la monarquía en esa época, puesto que sería contradictorio para los ideales republicanos admitir la existencia de un poder por encima de la voluntad del pueblo; es decir, el poder de un príncipe o de un rey será siempre secundario en su relación con el auténtico poseedor de la soberanía: el pueblo.

En efecto, situar la soberanía en manos del pueblo se sigue de la noción de res publica romana(que significa «cosa pública», es decir, el asunto que concierne a todos) de la que se seguiría también la necesidad de que dicho sistema político fije su legitimidad en la democracia. De hecho, todo sistema político exige la respuesta a la pregunta por su legitimidad, y en este sentido Skinner señala que “la solución correcta es que la masa del pueblo esté representado por una asamblea nacional integrada por las personas más virtuosas y mejor consideradas, que sea una asamblea elegida por el pueblo para legislar en su nombre” (Skinner, 2004, p. 29). Sin embargo, nada de esto llegó a ser más que el ideal de un ambicioso proyecto de nación, pues la República de Inglaterra selló su destino cuando Oliver Cromwell disolvió el parlamento y fue proclamado Lord Protector, convirtiéndose así en el monarca de facto de dicho estado y echando por la borda cualquier pretensión de hacer de Inglaterra un estado libre a la manera republicana. De todos modos, cabe señalar que a pesar de la evidente oposición a la monarquía de los teóricos neo romanos, varios de ellos no estaban del todo convencidos acerca de un sistema puramente democrático. Tal como Skinner nos muestra, una vez desaparece la posibilidad de un poder especial o prerrogativa para el monarca, los teóricos neo romanos preferían “un sistema de gobierno mixto en el que haya un elemento monárquico junto a un senado aristocrático, así como una asamblea democrática que represente a los ciudadanos en su conjunto” (Skinner, 2004, p. 40). Es entonces aquí donde se encuentra el meollo del asunto: los teóricos neo romanos eran conscientes de la necesidad de un sistema de gobierno representativo, dada la dificultad que supondría establecer una democracia directa en sociedades demasiado grandes o poco educadas; de igual manera, es evidente que a pesar de oponerse a la monarquía, muchos de ellos no veían con malos ojos la preservación de ciertos elementos aristocráticos dentro de un sistema de gobierno cuya legitimidad y soberanía residía en el pueblo.

Ejecución del rey Carlos I.

Entonces, parece ser que para estos republicanos ingleses, la aristocracia y la democracia no son términos excluyentes; es más, me arriesgo a decir que aunque la autoridad del pueblo sea una condición necesaria para legitimar el republicanismo, la participación de la totalidad del pueblo en el gobierno y la creación de leyes sería apenas testimonial debido a la implicación de la aristocracia en el sistema de gobierno, y aunque la causa principal de la caída de la república inglesa pueda achacársele a Oliver Cromwell, considero que cualquier sistema republicano y demócrata que permita elementos aristocráticos en la constitución del gobierno estará condenado a fracasar. Dicho de otra manera, uno de los males endémicos de la democracia, y por extensión del republicanismo, es la existencia de las oligarquías y su injerencia en el gobierno. De ahí que Skinner al describir las peculiaridades de una tiranía y la condición de esclavitud en la que pueden caer tanto estados como sujetos diga que:

[Los] gobernantes podrían optar por cumplir la ley, de modo que el cuerpo político no fuese privado, en la práctica, de sus derechos constitucionales. Ese Estado tendría que ser considerado de todas maneras como esclavo si su capacidad de actuar dependiera en alguna medida de la voluntad de alguien distinto al cuerpo de sus propios ciudadanos. (Skinner, 2004, p. 37)

Con todo esto, es posible dudar de la posibilidad de un gobierno republicano que de veras cumpla con el requisito fundamental para constituir un estado libre: el de ser gobernado por leyes que ciudadanos libres han decidido imponerse a ellos mismos. Tomando como ejemplo a Oliver Cromwell, la república inglesa encuentra su ocaso cuando una prominente figura política y militar (pertenecientes a los «Grandees», terratenientes que podían vivir de la renta de sus bienes), antepone sus intereses y sus ambiciones a las de un estado que se preciaba de ser republicano y decide cerrar el parlamento, institución que representaba los intereses del pueblo soberano. De modo similar, y yendo más lejos, podría acusarse a los teóricos neo romanos de estar corriendo este riesgo cuando consideran que parte del gobierno debía ser aristócrata, ya que no encuentro otra razón para sostener esta idea más que el hecho de que querer conservar ciertos privilegios (de los que muy seguramente ellos gozaban) apoyándose en el desmedido valor que puede llegar a dársele a la historia y a la tradición de un pueblo; lo que intento decir con esto, es que la historia política de una nación puede resumirse en la historia de sus oligarquías, considerando que sólo haría falta ver la historia de cualquier nación del mundo, para darse cuenta que las disputas por el poder político rara vez están encabezadas por el grueso del pueblo y casi siempre, por pequeños grupos que han gozado de privilegios económicos, nobiliarios o militares.


Thomas Fairfax y Oliver Cromwell tras la Batalla de Naseby. Obra de Charles Landseer. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Thomas_Fairfax,_III_lord_Fairfax_de_Cameron

Conviene destacar entonces, que la esperanza de libertad, igualdad y participación política que entrañaría un sistema de democracia representativa, no alivia para nada el peligro que supone la existencia de grupos sociales privilegiados, dado que un sistema republicano como el que describen los teóricos neo romanos requiere de la participación activa de sus ciudadanos para ser fuerte y duradero; ahora bien, para que esta participación pueda darse, es necesario que exista en los ciudadanos una noción de sociedad civil, pues sólo a través de dicha noción es que la res publica adquiere su dimensión de «cosa que concierne a todos». Así pues, en una sociedad demasiado grande o poco educada, aparecerán grupos cuya pretensión será la de representar al pueblo, organizaciones que en un supuesto acto de deber cívico van a querer llevar a cabo lo que el resto de ciudadanos, por una razón u otra, no pueden. Estas organizaciones (que llegan a florecer como iniciativas populares o, en su defecto, como grupúsculos privilegiados asumiendo la defensa del pueblo como fachada) tienden a crecer como estructuras jerárquicas que con el tiempo van a dejar de percibirse a sí mismas como servidores de las masas y, en cambio, centralizarán el poder del que gozan para perseguir sus propios intereses. No en vano existen partidos políticos, iniciativas ciudadanas y hasta propuestas independientes, empeñadas en acaparar la atención y los votos del público; de modo tal que si uno lo piensa detenidamente, el supuesto aquél de la democracia según el cual tengo el derecho de elegir y, sobretodo, de ser elegido aunado al ideal republicano de que las leyes son hechas por y para todos los ciudadanos, no parece cumplir cuando al ir a la urna de votación, estoy votando por personajes con los que escasamente he tenido contacto en mi vida y de los que podría dudar seriamente si representan mis intereses. En pocas palabras, cuando participo de la democracia y elijo a un candidato, alguien más ya ha elegido por mí, lo que me obliga a encomendarme casi que ciegamente a la potestad de cualquiera de estos personajes, sencillamente porque toda democracia deviene necesariamente en una oligarquía o en un sistema partidista del que no cualquier ciudadano puede llegar a ser parte.

En definitiva, el ideal republicano proclamado por los teóricos neo romanos parece ser inalcanzable en la experiencia, no por ser utópico o demasiado ambicioso, ya que como afirma Skinner: “una aspiración legítima de toda teoría moral y política consiste en mostrar qué líneas de acción uno se compromete a adoptar en razón de los valores que declara aceptar” (Skinner, 2004, p. 54), sino por la necesidad ineludible de que el republicanismo sea democrático. Para explicar este último punto, imaginémonos a los ideales republicanos como un faro que nos muestra hacia donde debe ir nuestro barco de la democracia; sin embargo, una vez ha atracado en la orilla, nuestro barco será saqueado por aquellos más privilegiados, aquellos que o bien gobiernan el muelle, o son sus dueños, o sencillamente movieron sus influencias para estar ahí, siendo los primeros en la fila, de modo tal que para nuestra desgracia, la democracia aun cuando siga ideales nobles y justos como los republicanos, no viene siendo nada más que esto: la repartición de un botín.


REFERENCIAS

Skinner, Q. (2004). La libertad antes del liberalismo. México, D.F.: Taurus.

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