Hume vs Newton: Un acercamiento al tiempo

I. Introducción

En el presente escrito se buscará indagar sobre la noción de tiempo bajo las formulaciones elaboradas por David Hume (1711-1776) en su Tratado de la naturaleza humana (1734). Este interés, aunque versará sobre tres tópicos, se centrará en torno a las relaciones trabadas entre tiempo, extensión y existencia. La organización que se ha dado al presente es la siguiente: en primer lugar esta breve introducción que situará al lector en el problema. En segundo lugar, se situará el escrito en las bases sobre las cuales Hume construyó su edificio, estas son, las ideas y las impresiones; a partir de ellas, se pretende entender qué tipo de cosa es el tiempo comprendido como idea y como relación, y ver de qué impresión emerge. En el tercer apartado se tratará de entender por qué el tiempo humeano es sucesión y no extensión; se llegará a dicha comprensión mediante un esbozo de las diferencias entre los tratamientos hechos por Isaac Newton (1643-1727) y el filósofo escocés de la noción. En cuarto lugar el texto arribará al nodo existencial del tiempo, así, se buscará mostrar cómo en su tratamiento Hume da lugar a la duda sobre el estatus existencial del tiempo. En último lugar serán apuntadas algunas reflexiones a modo de conclusión.

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II. Primeras Categorías: Idea y relación.

Hume da inicio a su estudio aseverando que toda percepción de la mente es doble y aparece a la vez como impresión e idea (Hume LI, SI, 4), así, el análisis de qué impresiones e ideas son causas y cuáles efectos ocupará la obra en general; todo ello encaminado a la consecución de un propósito superior: sentar un sistema capaz de dar cuenta de los mecanismos de producción del conocimiento, los principios que rigen y explican la naturaleza humana. En pro de ambos objetivos, Hume traza un mapa con el que busca ilustrar las percepciones de la mente, distingue así  dos grupos: impresiones e ideas. Las primeras son las percepciones que entran con fuerza,  las segundas se corresponden con las imágenes débiles de las primeras, aquellas que concurren cuando se piensa (Hume LI, SI, 1). A su vez, dentro de estos dos conjuntos reconoce tanto ideas como impresiones simples y complejas; dentro de las impresiones simples distingue las de reflexión de las de sensación y, bajo estas últimas quedan cobijadas sensaciones, pasiones y emociones; por otro lado, dentro del grupo ideas complejas sitúa las ideas generales, las relaciones, los modos y las sustancias. Distingue luego el escocés dentro de los modos dos de gran importancia: imaginación y memoria, que, como su nombre lo indica son modos mediante los cuales una impresión es repetida y se convierte en idea, la diferencia entre las dos radica en el grado de vivacidad. Ahora bien, aunque el modo memoria está mediado por el tiempo, él no se sitúa allí, pues tanto memoria como imaginación son facultades, esto inhabilita al tiempo para ubicarse allí. Ahora bien, sostiene Hume que si las ideas estuvieran completamente desligadas e inconexas, sólo el azar podría unirlas, es decir, sería imposible que las mismas ideas simples se unieran regularmente en ideas complejas, sin embargo, existe alguna cualidad asociativa por la que una idea lleva naturalmente a otra (Hume LI, SIV, 10). En tal contexto, dentro de las ideas complejas emergen las relaciones[1] que son de siete tipos, y dentro de las cuales encontramos la relación espacio y tiempo como una de las más universales.

De este modo, “la idea de tiempo no se deriva de una impresión particular mezclada con otras y claramente distinguible de ellas, sino que surge siempre según el modo de manifestación de las impresiones a la mente, sin formar parte de ellas” (Hume LII, SIII, 36) por ejemplo, “cinco notas tocadas en una flauta nos dan la impresión e idea de tiempo, aunque el tiempo no sea una sexta impresión manifiesta al oído o a otro de los sentidos. Tampoco es una sexta impresión que encuentre la mente en sí misma por reflexión. Esos cinco sonidos hacen su aparición de un modo particular; no excitan ninguna emoción en la mente ni producen afección de ningún tipo que al ser observada por la mente pudiera dar origen a una nueva idea” (Hume LII, SIII, 37). De manera que, es de la sucesión de las percepciones de todo tipo de donde proviene la idea de tiempo, la cual, además, nos proporciona un ejemplo de idea abstracta pues comprende una variedad mayor aún que la de espacio, y es, sin embargo, representada en la fantasía mediante alguna idea particular e individual de una determinada cantidad y cualidad (Hume LII, SIII, 35).

Así, el tiempo se ubica dentro del campo de las percepciones de la mente, en el grupo de las ideas complejas. Allí le encontramos dentro del conjunto de las relaciones como una cualidad conveniente que hace posible la unión de dos ideas, una idea organizadora de los órdenes de existencia de los objetos inherente a la sucesión. Entonces, el tiempo no es facultad, no es atributo, no es propiedad, el tiempo es sucesión. De esta manera, Hume, rompe -en buena medida- con los esquemas en los que había sido consignado el tiempo hasta entonces: descarta la vía que situaba el tiempo como intrínseco al objeto o a órdenes externos al sujeto.

III. Entre sucesión y extensión

En este apartado nos situaremos en una especie de contexto epistémico pues no se ha de olvidar la pretensión humeana de construir un sistema al estilo newtoneano para fundar la ciencia de la naturaleza humana. La convicción del escocés sobre la posibilidad de explicar mediante modelos mecánicos los distintos fenómenos posibilitó la emergencia en diversas disciplinas de principios y mecanismos agrupados en sistemas. En tal sentido, cabe señalar la semejanza entre el principio de atracción newtoneano y el mecanismo asociativo humeano (Hume 101). Ahora, regresando a los que nos ocupa, se llegará al propósito señalado partiendo de las definiciones que Newton brinda antes de arribar al Libro I en su Principios matemáticos de la Filosofía natural (1687), luego se pasará revista sobre la noción de extensión en Hume para llegar a comprender por qué el tiempo en su concepción debe ser sucesión, para redundar en un esbozo comparativo, esto será hecho con el fin de ver cómo ambos sistemas pueden derivar en órdenes de existencia distintos para las nociones tratadas (apartado IV del presente escrito).  

Si Newton buscaba dar respuesta a las disquisiciones de la Filosofía natural debía primero sentar el escenario matemático, así, da inicio a sus investigaciones con la delimitación conceptual. En el campo de lo temporal distingue entre un tiempo absoluto, verdadero y matemático (en sí y por su naturaleza) que fluye uniformemente sin relación a algo externo y también se le conoce como duración, de aquel que es relativo, aparente y vulgar: una medida sensible y externa del anterior mediado por el movimiento (la hora, el día, el mes y el año son algunos ejemplos de éste). Renglón seguido, hace la misma distinción en el ámbito del espacio, reconoce aquel que es absoluto por su naturaleza, su no relación con lo externo y su perenne permanencia(igual e inmóvil) de aquel relativo, que no es más que una cantidad o dimensión variable del espacio anterior y se define por los sentidos según su situación respecto a los cuerpos; anota igualmente que el espacio absoluto y el espacio relativo son el mismo en especie y en magnitud, aunque no permanezcan siempre numéricamente (Newton 89).

En Hume, por otro lado, se observa que extensión es a espacio como sucesión a tiempo, que son la vista y el tacto, los que proporcionan a la mente la idea de espacio: nada que no sea visible o tangible se manifiesta como extenso, de igual modo, allí donde no se tengan percepciones sucesivas no habrá noción del tiempo. De ello se desprende que el tiempo no pueda aparecer ante la mente, ni aislado, ni acompañado por un objeto constantemente inmutable, sino que se presenta siempre mediante una sucesión perceptible de objetos mudables (Hume LII, SIII, 35) “que por sí solo, no puede manifestarse ante la mente ni ser conocido por ella” (Hume LII, SIII, 35). De esta aseveración se sostiene como corolario que bajo ninguna circunstancia puede decirse que una cosa inmutable tiene duración, la ficción por la que se aplica la idea de tiempo a lo inmutable, supone que la duración es medida tanto del reposo como del movimiento (Hume LII, SIII, 37).

En línea semejante, señala Newton que “del mismo modo que el orden de las partes del tiempo es inmutable así lo es el orden de las partes del espacio. Si éstas se movieran de sus lugares, se moverían (por así decirlo) de sí mismas. Pues el tiempo y el espacio son los cuasi lugares de sí mismos y de todas las cosas. Todas las cosas se sitúan en el tiempo en cuanto al orden de la sucesión y en el espacio en cuanto al orden de lugar. Es de su esencia el ser lugares y es absurdo pensar que los lugares primeros se muevan” (Newton 90). De igual manera, “los movimientos completos y absolutos no pueden definirse si no es por lugares inmóviles, éstos no son otra cosa que las posiciones constantes que conservan entre sí todas las cosas desde el infinito hasta el infinito y que, por tanto, siempre permanecen inmóviles y constituyen el espacio que llamo inmóvil” (Newton 92). Ahora, aunque Newton realice esta distinción, resulta la misma más formal que real, pues el inglés llega a concebir el reposo como aparente y, básicamente inexistente en el globo terráqueo, pues todo objeto está en relación con otros objetos, así siempre se verá afectado por los movimientos de los otros objetos, es más, el simple hecho de situarse sobre el planeta tierra le dotará del movimiento relacional de ésta.

Cabe anotar que Newton es consciente de que tanto tiempo como espacio relativos son los asumidos por el común como los verdaderos y son ellos los susceptibles de relación con el sujeto, puesto que, la naturaleza y percepción de los absolutos está vedada para los sujetos. Así, aunque en apariencia el inglés da lugar a un sistema basado en absolutos, realmente lo que hace es mostrar cómo, desde la experiencia sensible y determinados por el conocimiento experimental referente a las posiciones y movimientos relativos de los cuerpos el sujeto llega a hacerse las organizaciones espacial y temporal, sin embargo, esta distinción formal de los absolutos le permite llegar a otras convicciones. Como contraparte, el tiempo humeano es planteado como sucesión porque comporta la existencia de objetos mudables, la percepción de sucesión no coexistente de estos objetos y su organización en esquemas mentales. Sin embargo, lo que aquí se quería poner de relieve es cómo en Hume esta noción del absoluto, verdadero y matemáticamente exacto no existe, pues la mente no posee una idea clara y distinta de los mismos, en tal sentido, sólo la sucesión y la extensión proporcionan ideas claras y distintas a la mente sobre las disposiciones de los objetos pero no sobre las distancias ni unidades que los separan. Intentemos ver con más detalle esto en el siguiente apartado.

IV. Tiempo y existencia

Sostiene Hume que “todo cuanto puede ser concebido con una idea clara y distinta implica necesariamente la posibilidad de su existencia” (Hume LII, SIV 43). Como corolario de lo anterior señala que “tal como son las partes, así es el todo, si un punto no es considerado como coloreado o tangible, no puede proporcionar idea alguna, y en consecuencia es imposible que exista la idea de extensión, compuesta por las ideas de esos puntos. Pero si la idea de extensión puede existir realmente -y nos consta su existencia- sus partes deberán también existir, y para ello deberán ser consideradas como coloreadas o tangibles (…) el mismo razonamiento probará también que los momentos indivisibles del tiempo deben llenarse con algún objeto o existencia real, cuya sucesión es la que forma la duración y la hace concebibles para la mente” (Hume LII, SIII, 39). Se desprende de esto la imposibilidad de concebir extensión sin materia o tiempo sin sucesión -o cambio- en una existencia real, todo ello resultado de la capacidad no-infinita de la mente. De ello deviene que toda idea de extensión o duración conste de un número finito de partes o ideas inferiores; por lo que es posible que el tiempo y el espacio existan en conformidad con las ideas de extensión y duración. Según dichas ideas, sus divisibilidades infinitas son absolutamente imposibles y contradictorias (Hume LII, SIII, 39).

Examinemos algunos supuestos de la convicción anterior. Hasta entonces, se había sostenido firmemente que la extensión debía ser divisible in infinitum, porque la doctrina de los puntos matemáticos resultaba  absurda, pues un punto matemático era una no-entidad, por lo que en ningún caso podría formar una existencia real al unirse con otros (Hume LII, SIV 40); sostiene igualmente Hume que únicamente a la unidad corresponde la existencia, que el número no es susceptible de ella sino en razón de las unidades que le componen puede decirse que existen veinte hombres, pero sólo porque existen un hombre, dos, tres,… de ello se sigue que la extensión es siempre un número y nunca se reduce a una unidad o cantidad indivisible, por lo que, la extensión no puede existir en absoluto (Hume LII, SII, 30), sin embargo, párrafos adelante nuestro autor observa cómo las nociones de superficie, longitud, línea y punto son ininteligibles bajo cualquier supuesto que no sea el de la composición de la extensión pues ¿cómo podría existir una cosa sin profundidad, anchura ni longitud?

Entonces, la existencia de la extensión garantiza la existencia de sus partes, es decir, de la real existencia de la extensión, se desprende de productos de la abstracción matemática como puntos y líneas, igual razonamiento puede ser aplicado a la duración que consta también de partes diferentes que la hacen susceptible de comparación (más larga o más corta) (Hume L II, S III, 36). En este caso, ¿el estatus ontológico de las unidades temporales cuál sería? Todo este embrollo deviene de la incertidumbre que genera el tratar de delimitar y hallar la naturaleza de las unidades de comparación, de la imposibilidad de alcanzar certeza en el arte de la medición, así, “la idea misma de igualdad es la de una tal apariencia particular, corregida por yuxtaposición o por una medida común, la noción de una corrección que concierna a lo que está más allá de la capacidad de nuestro arte y de los instrumentos que podamos fabricar será una mera ficción de la mente, tan inútil como incomprensible (…) la ficción es con todo muy natural; nada le es más habitual a la mente que el proceder de esta manera en una acción (…) esto se ve muy claramente por lo que respecta al tiempo, en donde, aunque es evidente que no tenemos un método exacto para determinar la proporciones entre las partes -un método siquiera tan claro como en la extensión- gracias a las distintas correcciones de nuestras medidas y sus diferentes grados de exactitud tenemos con todo una noción e implícita de una igualdad perfecta y plena” (Hume L II, S IV 48).

Newton escamotea este complejo problema señalando que “todos los movimientos pueden acelerarse y retardarse, pero el flujo del tiempo absoluto no puede alterarse. La duración o permanencia de las cosas en la existencia es la misma, tanto si los movimientos son rápidos, como si son lentos, como si no los hubiese; por tanto, la duración se distingue claramente de sus medidas sensibles” (Newton 89). Es decir, recurre a explicaciones exógenas al ámbito de lo humano. Hume por el contrario se decanta por lo sensible al declarar la banalidad de recurrir “al tópico de siempre: suponer una divinidad cuya omnipotencia nos capacitara para formar una figura geométrica perfecta, y para describir una recta sin curva ni inflexión alguna. Como el criterio último de estas figuras no se deriva sino de los sentidos y la imaginación, es absurdo hablar de una perfección superior a aquélla de que estas facultades pueden juzgar, pues la verdadera perfección de una cosa consiste en su conformidad con su criterio” (Hume LII, SIV 51).

V. Conclusiones

La Historia en siglos precedentes iniciaba con la emergencia del tiempo por voluntad divina. En este sentido, la historia y el tiempo como categorías lineales eran productos medievales. Los modernos ponen el acento en el sujeto y dotan el tiempo de un halo de subjetividad que hasta entonces había estado atado al objeto. Este movimiento no ocurre con la noción de espacio ella se conservará en buena medida sin modificaciones: una concepción absoluta (el espacio como dado, no en expansión) en la que la luz fungía como propiedad intrínseca y las partículas elementales y las estrellas fijas tenían funciones explicativas. Igualmente, la noción de vacío está cambiando de la mano del abandono del éter que hasta entonces había servido a la física -y servirá a la misma hasta la segunda mitad del siglo XIX- para explicar los más disímiles fenómenos. Competía a hombres como Newton y Hume encontrar un reemplazo a esa función explicativa del éter. Así como sentar las bases para el nacimiento del espacio-tiempo pues, tanto uno como otro filósofos están situados en comprensiones del espacio y del tiempo disociadas.

Regresando a Hume -y para concluir- cabe anotar que prescinde él de la Divinidad como factor explicativo y, al dispensarse de ésta, los absolutos se hacen innecesarios. Serán precisamente esos dos factores los que le permitirán a Newton conservar la fiabilidad de la medición, la certeza de la existencia del tiempo y del espacio, las nociones de vacío y reposo, y, sobre todo, el término de referencia que -a nuestro modo de ver- resultan tan problemáticos en el escocés. En últimas, la diferencia puede reducirse y/o radicar en la recurrencia a factores exógenos o endógenos como cimiento del edificio explicativo; las certezas matemáticas, punto que como ya se señaló, fecha el particular punto de quiebre así como la situación del estatus ontológico del producto mental tienen su origen en la elección de una u otra alternativa comprensiva.

Bibliografía

Hume, D. (1748). Tratado de la Naturaleza humana. Madrid: Orbis.

Newton, I. (1687). Principios matemáticos de la filosofía. Epub ()Traductor Eloy Rada, s.f.



[1]Los siete tipos de relaciones son: Semejanza, Identidad, Espacio y tiempo, Cantidad y número, Cualidad, Contrariedad y Causas y efectos.

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