¿Se puede ser feliz según nuestro modo de obrar? Esto es lo que nos dice el utilitarismo

Es habitual en el hombre sentir que hacer lo correcto suele anteponerse o limitar la felicidad. Esta idea surge cuando nos encontramos en una situación que pone en tensión nuestra noción del buen obrar con los beneficios que obtendremos de realizar una determinada acción. Sin embargo, debemos tener presente que las situaciones tienen una diversidad de razones por las cuales acontecen y, en esta medida, diferentes modos de respuesta, que variarán de caso en caso, dependiendo de las consecuencias que puedan desprenderse del efectuar una acción. Por esta razón el buen obrar entra en conflicto con la felicidad, pues al concebir un modo de obrar como la única repuesta a una situación, está limitará toda una gama de posibilidades que podrían efectuarse. Esto es casi como considerar que en un silogismo siempre se seguirá la misma conclusión, porque tiene en varios casos la primera premisa, sin considerar la segunda. Expuesto de este modo, es licito preguntarnos ¿Cómo saber que opción es la que me puede hacer feliz, sin que esto quiera decir que acciono inadecuadamente según mi idea del buen obrar? En lo que resta de este escrito expondré parte de la doctrina utilitarista y el modo de hacer cálculos en pro de la felicidad según este sistema.

Al tener que escoger una opción entre múltiples posibilidades, siempre se estará influenciado por la relación entre las nociones que se tienen de los objetos a elegir y, además, por las inclinaciones afectivas que se padecen hacia dichos objetos. Ya sean objetos o personas, estas dos condiciones se mantienen iguales, aunque varíen gradualmente en cada caso, pues dependiendo de cómo se concibe una determinada cosa, se desarrollan, a su vez, modos de reaccionar ante la misma. Ilustremos esto mediante un sencillo ejemplo. Imaginémonos a un niño al que le ponen a elegir qué mascota quiere. Se le ofrece un perro y un gato. El niño ha compartido momentos gratos con otros caninos y, bajo la influencia de la sabiduría popular, cree que el perro es el mejor amigo del hombre. De otro lado, el niño, en sus intentos de simpatizar con los felinos, solo ha recibido arañazos por parte de estos animales, sumándole también la mala fama que gozan los mininos en el entorno en que se cría el infante. Contando con estas experiencias y creencias, el niño opta por el perro, ya que no solo lo concibe como mejor, o más favorable, sino que también ha desarrollado un vínculo emocional con esta especie, favoreciendo, por tanto, a aquello con lo que siente más empatía y, a su vez, gusto.  Lo que el niño hace es una ponderación entre dos opciones, calculando cual de estas dos posibilidades le puede generar más felicidad. Este cálculo es el mismo que nos propone John Stuart Mill en su obra El utilitarismo.

1. La doctrina utilitarista

 Antes de proseguir es necesario exponer qué es la felicidad bajo los parámetros del utilitarismo, para así comprender cómo evaluar y asignar valores bajo esta doctrina. En primer lugar, la felicidad es concebida como todo aquello que pueda generar placer, entendiendo placer como agrado, satisfacción, utilidad e incluso se llega a entender como lo bueno. Debe evitarse considerar al placer únicamente en su acepción vulgar, a saber: el saciar los placeres meramente corporales; sin embargo, no debe olvidarse que satisfacer estos placeres es un subconjunto del placer y, a consecuencia, de la felicidad. Esta relación entre la felicidad, lo bueno y el placer ya había sido planteada por John Locke. El inglés sostiene que:

Las cosas (…) son buenas o malas solamente en relación al placer o al dolor. Llamamos bueno aquello que sea capaz de causar o de aumentar en nosotros el placer o de disminuir el dolor; o bien, lo que sea capaz de procurarnos o de conservarnos la posición de cualquier otro bien, o la ausencia de cualquier mal. Y, por el contrario, llamamos mal aquello que sea capaz de producir o de aumentar en nosotros cualquier dolor, o de disminuir cualquier placer; o bien, lo que sea capaz de procurarnos cualquier mal, o privarnos de cualquier bien. (Locke, 2005, pág. 210)

El autor inglés pone la base con la que Jeremy Bentham formula, por vez primera, la doctrina utilitarista y, posteriormente, su alumno Stuart Mill la mejorará. Sin embargo, el principio de mayor felicidad sigue siendo prácticamente lo mismo a lo postulado por John Locke. Podemos evidenciarlo en la siguiente cita de Mill:

[El principio de mayor felicidad] mantiene que las acciones son correctas (right) en la medida en que tienden a promover la felicidad, incorrectas (wrong) en cuanto tienden a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer. (Mill, 2014, pág. 60)

Podemos representarnos el placer y el dolor en una recta que oscila entre -10 y 10, en la que todo numero natural será el placer y todo numero negativo será el dolor. Contamos con un rango de 10 unidades para desplazarnos entre dicha recta:

Ilustración gráfica de la recta

Si la recta abarca de 0 a 10 se podría considerar que se siente un sumo grado de placer:

Representación gráfica sobre el placer

Si, por el contrario, se encuentra en un rango de -10 a 0, se encuentra en el máximo grado de dolor:

Representación gráfica sobre el dolor

La recta nunca podrá encontrarse entre -5 y 5, pues esto implicaría que los valores se anulan mutuamente o, expresado de otro modo, que no se siente ni placer ni dolor, caso que no es admisible, al menos dentro del utilitarismo:

Representación gráfica de la nulidad

Se sostiene que es imposible un estado de ataraxia o carencia de placer y dolor por dos razones. La primera, se sostiene que la felicidad es lo único que se busca como un fin en sí mismo. Ya sean bienes materiales, actos altruistas, comportamientos ascéticos o búsqueda de conocimiento, todos estos no son más que fines relativos, cuyo fin último es la felicidad (Cfr. Mill, 2014, pág. 113 – 125) [1]. Siempre se busca aquello que pueda generar más placer, o que sacie mejor el gusto.

Cuando se presentan dos o más objetos a elegir, si hay uno que se prefiere sobre otros, es porque genera más placer. Si uno genera más placer que otros, significa que los otros son menos placenteros o menos útiles en relación con el primero. Esto quiere decir que o generan placer en menor grado, o bien, no generan nada de placer. Esto puede expresarse mediante la gráfica. El objeto optado será el que más placer produzca, pero, al no ser el máximo grado de satisfacción, estará aún en relación con su contraparte:

Representación gráfica del placer relativo según los objetos

Las demás opciones, al producir menos goce, disminuirán con respecto al grado de placer generado, sin que esto signifique, por supuesto, que el displacer supere a la satisfacción. Esto se debe a que, como lo indica Locke, disminuye el placer, al menos en relación con la opción elegida.

Representación gráfica del placer y displacer relativo según el objeto

De otro lado, si en una de las posibilidades el dolor supera en valor absoluto a el placer, entonces esta opción será la menos favorable, pero, al igual que el placer, seguirá teniendo relación con el otro extremo, permitiendo calcular cuál de las dos opciones genera menos dolor, ya que “la utilidad incluye no sólo la búsqueda de la felicidad, sino la prevención y mitigación de la infelicidad” (Mill, 2014, pág. 71)

Representación gráfica del displacer en contraste al placer según el objeto

De este modo es como se realiza, en primera instancia, los cálculos utilitaristas según el principio de mayor felicidad. Cabe resaltar que, aunque los objetos, situaciones, personas, etc. son la condición para generar placer o dolor, estos, en sí mismos, no son ni placenteros ni dolosos. El placer y el dolor radica en los hombres como padecimientos que siente en relación a factores extrínsecos a él, ya sean cosas extensas o por cuestiones de la mente. Lastimosamente esta indagación se omite en este texto, como puede verse, pero hay que tenerla muy presente en esta doctrina y no solo para esta, sino también para la especulación del lector que encuentra deleite en el examen de los asuntos que atañen al hombre. 

2. El problema del trolley

Existe en el campo de la ética un experimento mental que ha puesto en manifiesto muchos problemas que surgen de las distintas doctrinas éticas, este experimento se conoce cómo el trolley problem. Su formulación más clásica consiste en lo siguiente: nos encontramos encerrados en una cabina en la cual no hay más que una palanca, o un botón, y una ventana. Si miramos por la ventana nos encontraremos con dos vías de tren. En los rieles del primer camino están atadas cinco personas, todas sujetadas de tal modo que les es imposible moverse. En el segundo carril tenemos a un hombre que se encuentra en la misma situación. Desde lo lejos podemos ver que se aproxima un tren y que su dirección es el carril en el que se encuentran las cinco personas. Lo único que podemos hacer para salvar a estas cinco personas es jalar la palanca para activar un mecanismo que desvía el tren; sin embargo, el tren sería desviado hacia la vía donde se encuentra el hombre atado ¿Qué opción es la moralmente apropiada para esta situación?

Ilustración gráfica del problema ético

Si se analiza el caso desde el utilitarismo, muchos podrían apelar a cambiar de vía el trolley y salvar a cinco personas, sacrificando a una. Como puede parecer evidente, si se salva a cinco personas habrá más felicidad que si se salva a una. Sin embargo, esta ponderación parece ser meramente aritmética, pues se cree que la felicidad de A, B, C, D y E será mayor que la felicidad de X. Esto es, quizá, porque se incurre en la falacia de composición, en donde se considera que la felicidad de A, más la de B, más la de C, y así sucesivamente, es mayor que la felicidad de X, pues al considerar a X externo a el conjunto de la felicidad de A, B, C, D y E se excluye su participación en la felicidad del conjunto y, por tanto, su felicidad será menor que la del grupo conformado por los demás. “Se refiere a la imposibilidad, acabada de expresar, de inferir a partir de:

FA es un bien para A

FB     » » » »      B

FC     » » » »      C

Luego FA + FB + FC es un bien para A + B + C”. (Mill, 2014, pág. 15) Si el elemento X no participa dentro del conjunto F, se infiere que F será mayor que X. En este punto debemos tener cuidado con respecto a cómo estamos entendiendo la felicidad. Si bien la felicidad es, como ya dijimos, el placer y lo bueno, debemos recordar que “un estado de placer exaltado dura sólo unos instantes, o, en algunos casos, y con algunas interrupciones, horas o días” (Mill, 2014, pág. 72) Entonces no sabremos si los instantes de felicidad de las cinco personas superaran a las del  otro sujeto. Debemos considerar, además, que en la doctrina utilitarista la felicidad a considerar no es solo la que se siente, sino también la que se puede generar, pues las acciones que se efectúan tendrán repercusiones. El asunto primordial del utilitarismo es intentar prever, a corto y largo plazo, estas repercusiones para optar por la que genere mayor felicidad. Sin embargo, no debe entenderse esta doctrina como un sometimiento al altruismo, pues, al ser el sujeto la primera instancia en que repercutirán las consecuencias, se debe velar por el bien individual, sin que este afecte el bienestar ajeno o general.       

Otro aspecto a tener en cuenta en la teoría de Mill es que no solo se debe optar por la cantidad, sino también por la calidad. Un placer es preferible sobre otro no por cuanto placer puede generar en relación a la duración, sino el grado de satisfacción que puede otorgar. Este es un punto muy importante para el utilitarismo, ya que la valoración de la felicidad depende de qué tanto pueda experimentarla, o concebirla, el evaluador. En el problema del trolley podríamos decir que los valores, o sea los sujetos, son indeterminados, lo que quiere decir que no podremos saber cuál de ellos brindará felicidad de mayor calidad o en mayor grado. Es por esta razón que es más probable apelar a salvar a la mayoría, pues si no se sabe algún aspecto del sujeto, no podremos saber lo que puede hacer. No obstante, si en este problema se le asigna un valor, o detallamos más quienes son los que están allí atrapados, el resultado varía. Por ejemplo, si en este caso, tan poco probable, le asignamos una variable aún más improbable, como que quien se encuentra en la vía alterna, en la que sólo se encuentra una persona, es un sujeto que tiene en desarrollo una cura contra el cáncer, la cual cuenta con un 99% de posibilidad de funcionar; mientras que en la otra vía se encuentran cinco civiles del común, el resultado de la ponderación cambiará considerablemente. Si se opta por salvar a quien tiene, o tendrá una cura contra el cáncer, el aumento de la felicidad, en un futuro, será más alta que si se opta por salvar inmediatamente a cinco sujetos, a menos que aunque sea poco probable, uno de esos sujetos, de algún modo, lograse conseguir generar mayor felicidad que la que proporcionaría curar a múltiples personas del cáncer y evitárselo a otras más.

La balanza

Existen muchas otras formulaciones de este mismo problema, algunas de ellas incluyen variables como: ¿salvarías a cinco personas en vez de a un ser querido? ¿salvarías a un tres criminales y dos familiares en vez de a un niño? Incluso existe una variable aún más extrema que dice: ¿empujarías a alguien para atascar las ruedas del tren y salvar a cinco personas? (Cfr. Rubio, 2017) Los resultados a estas variantes cambiaran considerablemente dado que los modos de concebir a los sujetos, a la acción como tal, sumándole también la influencia de los afectos hacia dichas personas, configuran el marco de acción del sujeto que decide y, en esta medida, del resultado. Es por estas razones que el problema del trolley resulta un poco complicado de resolver en primera instancia, pues no se puede realizar tan eficazmente la ponderación entre los valores a calcular cuando están indeterminados y, cuando lo están, la acción a tomar dependerá del sujeto y de qué lo mueve a efectuar la acción elegida.

Antes culminar quisiera hacer una observación. Según la doctrina utilitarista no se puede sacrificar la vida de una persona en pro de generar una mayor cantidad de felicidad. Este asunto merece ser analizado con detenimiento, sin embargo, esto será tema de otro artículo. Recomiendo al lector revisar el quinto capítulo del utilitarismo y la obra de Mill: “Sobre la libertad”; en la cual se arrojan luces sobre este asunto.

Referencias

Locke, J. (2005). Ensayo sobre el entendimiento humano. México: Fondo de cultura económica.

Mill, J. (2014). El utilitarismo. Madrid: Alianza Editorial.

Rubio, J. (2017) El dilema del tranvía: ¿debo sacrificar una vida para salvar cinco?. El país. https://verne.elpais.com/verne/2017/03/27/articulo/1490625074_938459.html


[1] Utilitarismo. Capítulo 4: De qué tipo de prueba es susceptible el principio de utilidad.  

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