La violencia: un substrato del sentimiento

Cuando se habla de la violencia, siempre nos viene a la mente un concepto dañino, es decir, siempre se entiende por violencia la negación, subordinación o agresión a algo o alguien.  Los orígenes difieren en su mayoría, y muchas veces responden a patrones causales y son medios de catarsis. Un ejemplo de ello es el agresor de colegio: algunas veces este individuo violenta al otro por alguna razón proveniente de su casa que le genera tal carga emocional, que su catarsis es un acto de agresión. Y en cuanto a violencia, no siempre es necesario el acto físico como un aliciente a la emoción, muchas veces simplemente sirve una agresión verbal cargada de una emoción. Otro ejemplo son las peleas verbales y sus tonos de voz. Sin embargo, en cuanto a la violencia, su génesis no es muy precisa. En otras palabras: lo que detona la violencia es difuso entre la razón y la emoción (o el sentimiento, entendido como el acceso a esa expresión psíquica emocional). Y es que la génesis de la violencia, como se expuso en los anteriores ejemplos, aunque tenga cargas racionales causales, es decir, respondan a un hecho o pensamiento (Bauman lo expone de manera correcta cuando encontramos la relación entre el Holocausto y su modos de operación con la fabricas de la modernidad, pues se asesinaban judíos de igual forma a como operaban en las fábricas y con  técnicas industriales, como las cámaras de gas; que es lo que enuncia el sociólogo una carga racional) estas por sí solas no responden o actúan y llevan a realizar un acto. Basta con hacer énfasis, adentrándonos con Bauman, en el Holocausto judío. Cuando vemos a modo histórico, y por ende, la posibilidad de hacer un análisis lejano de cómo operaba la doctrina nazi, puede verse algo interesante: la propaganda y moral del estado se basa en la emoción y el sentimiento. Es claro cuando vemos las estrategias de propaganda que dirigía Goebbels para el nacionalsocialismo o los discursos de Hitler: mensajes cargados de emoción, para generar sentimiento, alentando a la gente a la parcialización y por ende a la exclusión, generando odio en pro de proteger la patria. Similar a las estrategias publicitarias políticas de algunos de América Latina (a propósito de múltiples éxitos de campañas ultraderechistas donde su eje de campaña y publicidad era la emoción, y más específicamente, el odio). Evidentemente, hay argumentos con características racionales, sin embargo, no son estas las que mueven a la gente a cometer los actos expedidos por los discursos, sino su emoción, ese sentimiento el cual puede el sujeto acceder. Ya lo mostraba Hume, en Tratado de la naturaleza humana, cuando hablaba a propósito de la moral, y en conexión al tema, del sentimiento y la razón. El filósofo inglés nos muestra que la moral, al ser un apartado de construcción social, ya sea en sus hábitos y tradición, constituye un sentimiento a su aplicación. Cuando alguien de tendencias radicales defiende y aplica la negación de la homosexualidad, por ejemplo, lo hace por la emoción, ese sentimiento del respeto a la tradición y cuando alguien rompe esta hegemonía habitual, en vez de argumentar de manera racional, más parece que su reacción propende a la emoción. Por ello, por ejemplo, en vez de generar una postura racional, diferentes entes judiciales (muchas veces de estados con doctrinas religiosas muy marcadas en sus designios) castigaban severamente a los homosexuales, y hasta el vulgo se vertía en emociones frenéticas contra estos comportamientos; hoy en día pueden verse prejuicios de esta índole aún basados en este sentimiento. Evidentemente, tal vez este ejemplo no corresponda tanto a tiempos de ahora (o por lo menos entendiendo la visión progresista que algunas sociedades han estado adaptando a su esfera colectiva de opinión; aunque aún persiste este tipo de violencia), sin embargo, hace hincapié en lo expuesto por Hume: y es que la razón es un principio inactivo y las emociones, los sentimientos, son esa fuerza que nos mueve. Es decir, la “razón” por sí misma no lleva al individuo a ejercer violencia, sino que es la emoción, el sentimiento al que accede el individuo, el que lleva a ejercer violencia, aquel que propende el movimiento. Otro ejemplo puede ser un debate religioso o político: muchas veces, por desacuerdos de posición, ya sea ideológicas, conceptuales o tradicionales, se arguyen discusiones acaloradas, y hasta en casos extremos, actos de violencia física, y se olvida el escenario racional (entendiéndolo como un diálogo sin radicalismos), como también sucede en disturbios violentos relacionados entre bandos opuestos que apoyan y son apasionados por sus equipos: el fútbol u otros eventos deportivos son la referencia. Y sí se quiere acudir a la historia como referencia, basta con ver los casos de violencia extrema entre comunidades por causas de sus creencias, independiente del panorama político (pues esos sentimientos se impregnaban a la población civil y propendían a cometer actos de violencia según el designio violento hacia cierto grupo social y era “legalmente” permitido), como: la inquisición y por ende la segregación a muchos grupos de individuos, la violencia a judíos en el oriente europeo incluso antes del holocausto, el Apartheid, etc. Amén de omitir casos más particulares y de la vida cotidiana.


Zygmunt Bauman fue un sociólogo, filósofo y ensayista polaco. Imagen tomada de: La Vanguardia.

La razón no es suficiente para ejercer violencia, es decir, las estructuras racionales que justifican los actos violentos no son génesis per se de: barbaries, agresiones y negaciones a un conjunto específico; sino son las emociones y los sentimientos los que nos mueven a suceder un evento. Pues, como explico Bauman, aunque el Holocausto hubiese sido una construcción racional (que de hecho, no sólo Bauman, sino también Adorno, cataloga a ese hecho como: “la máxima expresión de la modernidad”, pues como se dijo anteriormente, se operaba según designios imperativos de la “razón” y también a ejercer violencia con el conocimiento industrial) siempre en el fondo, el sentimiento de operar según esos designios de la razón o una responsabilidad con el “deber”, junto a esas emociones que surgían gracias a la propaganda nazi, fue posible que muchos individuos cometieran actos de talante inenarrable (véase Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt; también Joan Carles Melich, Lógica de la crueldad, para explicar la fundamentación “racional” de la violencia nazi, que en síntesis eran imperativos categóricos kantianos convertidos a una moralidad). A esto se refería Hume con el sentimiento y la moral, pues pareciera que el sentimiento es ese principio activo que hace al hombre actuar, mientras que por razón misma, esta no ejerce nada, pues hasta un hombre puede no tener una razón concreta de actuar y ser violento por emoción (casos de intolerancia extrema). Un ejemplo literario e histórico que también puede explicar esta tesis puede encontrarse en un libro de Isaac Singer: El esclavo. En un contexto social del siglo XVIII, en Europa Oriental, precisamente en Polonia, se desarrolla una historia de un esclavo judío y un escenario hostil que provoca una serie de eventos que construyen la historia. Para no entrar en detalles del relato y acudiendo a nuestra hipótesis, la descripción del contexto sirve de referencia: los polacos mataban judíos, supuestamente, por ser los asesinos del hijo de Dios. Sin embargo, no es así como nace el odio hacia los judíos (que podría, de forma escueta y hasta dificultosa, calificarse como un argumento racional, o al menos un intento. Aunque en él también haya emoción: como el odio a un asesino de una deidad). Precisamente, lo que desata el odio hacia esta comunidad humana es un problema pasional de generaciones anteriores, por recelos, y no por razones concisas. Al contrario de lo que acude Bauman de los sociólogos que explican que estos aparatos racionales de desprestigio hacia ciertos seres era la causa de la violencia, lo que nos muestra el contexto literario, es que no había fundamentaciones lo suficientemente racionales. Es más, hasta puede verse, si se es preciso en el análisis literario, que los polacos de la época eran pocos conocedores de la teología y cultura cristiana, es decir, si mataban a los judíos por ser los asesinos del hijo de Dios, era evidente que en otras prácticas de su vida no eran ni conocedores que llevaban una lista de hábitos contradictorios a la fe y razón católica. Mataban más bien por razones emocionales, y evidentemente, ni sabían el porqué de su emoción, pues como se mencionó anteriormente, era difuso: no recordaban y ni sabían bien la causa del rencor. Y en cuanto a su causa religiosa, no eran letrados en el tema, por ende, no actuaban por razón. Sin embargo, lo hacían, cometían violencia, sólo por ese sentimiento inseminado por la tradición, tal como describía Hume sucedía con el sentimiento, la moral. (Cabe recordar que el caso literario es la historia y los personajes, sin embargo, el contexto es una crónica real de la sociedad polaca y de Europa Oriental de aquel entonces).


Isaac Bashevis Singer fue un escritor judío, y ciudadano polaco. Fue premio Nobel de Literatura en 1978. Ph: Walter Daran.

También, sirviéndonos de los argumentos de Bauman sobre el Holocausto, cuando ilustra que algunas personas iban en contra de estos actos de barbarie y moral, era porque su naturaleza los hacía actuar así. Es decir, no era un aparato racional el que los movía a hacer lo que hacían, sino más bien su sensibilidad, las emociones, los sentimientos que les provocaban los hechos. Además, sirviéndonos de referencia con el sociólogo polaco, podemos ver que los actos no solo de violencia, sino de otra índole son efectos de las emociones:

“Hace algunos años, un periodista de Le Monde entrevistó a varias víctimas de secuestros aéreos. Una de las cosas más interesantes que descubrió fue la tasa anormalmente alta de divorcios entre parejas en las que ambos habían sufrido juntos la agonía de esta experiencia. Intrigado, preguntó a los divorciados sobre las razones de su decisión. La mayor parte de los entrevistados le dijeron que nunca habían pensado en la posibilidad de un divorcio antes del secuestro. Sin embargo, durante este episodio espantoso, «se les abrieron los ojos» y «vieron a su pareja de forma diferente». Los que habían demostrado ser buenos maridos «demostraron ser» sólo seres egoístas que se preocupaban únicamente de su estómago, los osados hombres de negocios se comportaron con una asquerosa cobardía y los «hombres de mundo», con tantos de recursos, se vinieron abajo y no hicieron nada aparte de lamentar su inminente perdición (…). Ambas eran posibilidades contenidas en el carácter de la víctima y que simplemente se ponían de manifiesto en diferentes momentos y distintas circunstancias. La cara «buena» parecía normal sólo porque las condiciones normales la favorecían por encima de la otra. Sin embargo, la otra estaba siempre presente, aunque por lo general invisible” (Bauman, pp5).

Puede verse que, en ciertas circunstancias, los actos varían según las emociones y sentimientos que genere cierto contexto. Una persona que simulaba ser valiente, ante el escenario del peligro, mostraba su cara más temerosa, y esto sin un dispositivo racional, pues si actuara conveniente a la razón, el contexto del peligro no haría que difiera en su comportamiento, es decir, no tendría miedo, no actuaría en base al temor y seguiría los designios de la razón (entendiéndolo por Kant, con los imperativos categóricos). Asimismo, sucedía en el contexto literario o el del holocausto judío que expone Bauman: por naturaleza, es decir, por emoción y sentimiento, habían personas dispuestas a ayudar al otro, por mera sensibilidad, y otras que acudían a los actos más bárbaros, sin importar sus patrones racionales de ética, ni sus condiciones económicas, mucho menos su formación académica y por ende racional. Si quiere verse otros ejemplos, basta con ver ciertos experimentos de conducta humana (El experimento de la cárcel de Stanford), donde algunos individuos, incluso formados éticamente, llegaban a cometer y hasta disfrutar un acto de violencia hacia el otro el cual tenga bajo su subordinación, sólo por la emoción que les generaba.


David Hume ​ fue un filósofo, economista, sociólogo e historiador escocés.

Es verídico concluir, con base en lo expuesto, que la emoción y el sentimiento permite los actos, pues estos son la fuerza que nos conduce al movimiento. No sólo los actos de violencia, también otros: como la indignación frente a un acto injusto, la intolerancia irracional hacia cierto suceso, o hasta el más básico como el ayudar a alguien, etc. La razón es la justificación al acto mismo cuando se requiere (como Bauman nos hizo ver magistralmente, en tiempos de modernidad, cuando la razón trata de explicar todos los hechos del mundo) pero no es esta la causa primera de un acto de violencia. Es decir, si bien la violencia pareciera tener un germen emocional y se convierte en un sentimiento el cual varios individuos son participes, en lo humano hay (aunque más construidos unos que otros) móviles racionales, que son los que justifican el acto. O dicho de otro modo: la emoción, el sentimiento, es la fuerza, y la razón la dirección del movimiento. Por ello la violencia es el substrato de la emoción, pues sólo se genera violencia (o al menos cierto tipo de violencia) por estas emociones, que son las que llevan al hombre a actuar, es la fuerza bruta, su materia prima.

Bibliografía:

Bauman, Z. (1989). “Modernidad y Holocausto”. Dr. Doa

Hume, D. (1738). “Tratado de la naturaleza humana”. Madrid: Alianza Editorial

Singer, I. (1962). “El esclavo”. Barcelona: Byblos narrativa.

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